Julio Castro -
laRepúblicaCultural.es
Una exposición antológica muy
interesante y recomendable viene mostrándose al
público durante los meses de marzo a junio en Madrid, y es
la que recoge una importante recopilación de las obras de
Julio González, el genial escultor barcelonés,
que supuso uno de los principales pilares de la
transformación en su campo desde finales del siglo XIX,
desarrollando sus ideas en el París de la primera mitad del
XX.
No se puede decir que las propuestas de Julio
González tengan fin, sino al contrario, son de una tremenda
actualidad y continuidad en sí mismas, de manera que las
obras, en su mayor parte, vienen a establecer una línea de
continuidad que dejarán unos puntos suspensivos inacabados
hasta nuestros días, pese a estar próximo el
septuagésimo aniversario de la desaparición del
artista.
Se compone la exposición de dos partes
fundamentales en la retrospectiva que nos propone la comisaria de la
exposición, Mercè Doñate, a
través del Museo Nacional Centro de Arte R.
Sofía, por una parte, la necesaria
evolución artística de González, desde
su aprendizaje en el taller de metalistería familiar, en el
que tanto él como su hermano mayor Joan trabajaron hasta su
necesario traslado a París, para llegar a sus
últimas obras y consecuencias de la revolución
artística que desencadenaría su trabajo en poco
tiempo, y supondría derivada de la impronta de su
aprendizaje, el encuentro con la labor de otros monstruos del arte del
momento y el intercambio de ideas que sus propias manos y la
creación intelectual le permitirían ejecutar.
Finaliza el recorrido de la exposición con un
“pequeño” monográfico
dedicado al entorno de La Montserrat, obra que ha
dado un tremendo juego de partes, bocetos y trabajos previos o
posteriores, de una pieza singular que el artista cediera en el
año 1936, para ser expuesta en el Pabellón de la
República Española en la Exposición
Internacional de París.
Así planteado parece un sencillo recorrido
artístico, que no es tal, puesto que la retrospectiva, que
toma piezas de todos los palos que toca el artista (ya sea
escultóricas en las más diversas
técnicas, de orfebrería, o los diseños
y bocetos entorno a cada obra), ha sintetizado en un intenso (que no
inmenso) recorrido, una cantidad tal de ejemplos que
permitirán al más alejado al artista, comprender
su evolución y su intención en el juego de la
expresión.
Para mí, Julio González representa la
síntesis de la figura y del pensamiento que el artista capta
de la imagen que representa. El grado de simbolismo del escultor no
puede ser mayor en su ejecución que la que representa una
obra como la denominada “La Cabellera”, un bronce
del año 1934, en la que parece dirigirse al espectador
demostrándole que cualquiera será capaz de
comprender el simbolismo más sintético sin
necesidad de grandes explicaciones. Pero no podemos limitarnos a este
simplicismo que podría suponer quedar en esa
representación, ya que encontramos otras facetas mucho
más complejas en la ejecución e igual de
sintéticas en la muestra que nos ofrece. Obras como La
Jirafa, otro bronce de 1935, o la serie de la misma
época que constituyen algunas piezas como Mujer
peinándose, Gran Maternidad,
muestran a un creador que aúna diferentes
técnicas en una que no había sufrido
todavía las transformaciones a que podía estar
sujeta. Para este fin, no se limita a simbolizar la
representación, sino que viene a aplicar la
visión del espacio múltiple cubista junto con una
idea, que se me ocurre es como un divertimento, en que el parece que el
escultor trae el collage a sus obras, repitiendo partes de un
rompecabezas simbólico a cada obra, lo que le facilita la
comunicación con el espectador, a la vez que innova en cada
una de las piezas.
Llegar a esta fase supone llegar casi al final de la vida
artística de Julio González, y lo mejor es
disfrutar del paseo por cada una de las obras que se exponen,
desgranándolas desde todos los ángulos posibles,
porque siempre nos dejaremos algo por descubrir en cada una de las
piezas. Pero es fundamental comprender cómo evoluciona desde
sus primeros trabajos, en los que ya apunta la línea que
luego conseguirá plasmar en sus obras, y observar
cómo se mueve en el campo de la representación
adelante y atrás, a medida que experimenta con nuevos
matices o ideas geniales, para retomar lo trabajado antes y ver la
manera de incorporarlo a las nuevas propuestas. En el momento en que
comienza a trabajar con planchas de metal a las que da forma
más allá del bajorrelieve, o del vaciado, para
proponer resultados finales sencillos por medio de cortes y
añadidos a las mismas, se puede observar que el artista ha
dado el paso crucial para su transformación, sin embargo,
como decía antes, vuelve una y otra vez a
técnicas representativas anteriores más
explícitas, porque su fin es el del estudio de las formas de
comunicar en las obras, incorporando nuevas ideas sin perder nada.
Así se explica la forma de llegar a esa Montserrat
Gritando, que no puede verse como pieza aislada de un autor,
sino como una parte fundamental para la comprensión de la
trayectoria artística, en la que tenemos ese Arlequín,
o La Pequeña Hoz, o lo que me parecen
unas piezas realmente sólidas en su conjunto y, posiblemente
de las más llamativas, como son los Hombre Cactus
y Mujer Cactus, de 1939. Pero, entremedias, la Mujer
ante Espejo, de 1936 es una magnífica
obra para detenerse un buen rato ante ella, aunque hay que pensar en
otro tipo de expresiones que nos señalan la
evolución artística, como La Frente,
o El Encapuchado, entre los años
‘34 y ’36, que, cada una a su manera, suponen
piezas significativas en la muestra.
No quiero dejar de señalar dos aspectos de esta
exposición antológica y de la obra de Julio
González, como son, por una parte, las piezas trabajadas
sobre piedra. Estas suponen una secuencia fundamental para comprender
el trabajo de los planos que generan claroscuros y que dan la
sensación de volumen estático a las figuras
posteriores y que se plasmarán, más
concretamente, en La Montserrat. De esta manera,
el artista experimenta con piezas a las que, con un mínimo
trabajo y la más adecuada iluminación, logra
sacarles una forma sugerente acorde al efecto deseado. Como ya he
repetido anteriormente, una vez más, la creación
de La Montserrat, supone una vuelta a los
trabajos anteriores, incorporando buena parte de lo ya investigado,
esta vez con menos evidencias en el simbolismo y la
simplificación, que no abandonará hasta el final
de sus días, pero que aquí están en
menor medida en esa línea, al menos, de forma evidente. Sin
embargo es este el trabajo que elige para sumarse a la
exposición republicana de la Exposición de Paris,
representando a su país, y sumándose
así a la lucha de la cultura que la II República
llevó en los españoles hasta el final. Como se
puede ver, en esa muestra, organizada por Josep Renau (ver
artículos referentes al artista que fuera Director General
de Bellas Artes), colaboran numerosos exponentes de la cultura
española, entre ellos Pablo Picasso, pero también
el escultor Alberto Sánchez. Decía en el
título que este puede haber sido el principio del fin de esa
evolución artística, y me refiero a que, si bien
se daría lugar durante algunas décadas, a
artistas destacados que profundizarían en las
líneas marcados por estos productos del XIX y principios del
XX, que tendrían su máximo exponente en la II
República Española, lo cierto es que poco se
podría innovar después y, me atrevo a decir, que
nada en absoluto se mueve adelante hoy día. Es probable que
una vez abierta la caja de Pandora, y viendo aquellos artistas la
posibilidad de hacer todo lo que se les ocurriese sin
límites, tocasen precisamente esos límites,
dejando a las generaciones futuras, únicamente, la
posibilidad de desarrollarse en la creación dentro de esos
parámetros (que son infinitos, pero que ya son un universo
conocido). Por eso, sería preciso conocer nuevos universos
en el arte que trasciendan lo ya conocido, porque si no, nos seguiremos
complaciendo en admirar una época sin posibilidad de cambios
e innovaciones verdaderas.
Otro aspecto que no quería dejar de tocar es la
cuestión de la relación de Julio
González con Pablo Picasso. Este es un aspecto que se
destaca dentro de la muestra, y no es para menos, pero la realidad es
que son dos grandes que se encuentran ya en su proceso de
creación y es realmente dudoso que la influencia de uno
sobre el otro pudiera ir más allá de la
concomitancia, porque en ambos latía ya la semilla de la
ansiedad por experimentar y descubrir todo: “el
todo”. Tal vez de manera inconsciente, tal vez
conscientemente, pero así fueron los artistas de esa
época, y esa es la importancia de la semilla que dejaron e
hicieron crecer, para que algunos artistas posteriores desarrollaran su
labor hasta los límites que pocas décadas
después tocarían prácticamente el
extremo de esas investigaciones.
Podemos ver, pues, un recorrido por la obra de Julio
González, desde sus primeros pasos en la
metalistería creando ornamentos, hebillas y otros
complementos, hasta las creaciones finales. Una fuerte
recomendación: no hay que desperdiciar ni uno de los
dibujos: es una forma de entrar sin permiso en el concepto y la
intimidad del creador, y es la mejor forma de comprenderle.
Por último, decir que, si bien esta muestra es
importante y merece ser visitada en más de una
ocasión, siempre se puede ir a las fuentes, es decir,
allá donde están depositadas las obras, ya sea el
IVAM, donde se encuentra una magnífica colección,
como el Museu Nacional d’Art de Catalunya, donde se
encuentran innumerables piezas complementarias a las que se muestran en
el anterior.