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El Búho: Compañía de Teatro
Cartel de Josep Renau del año 1979. Fotomontaje, 38 x 52 cm. IVAM. Depósito Fundació Josep Renau. |
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Julio Castro –
laRepúblicaCultural.es
Dos
formas de ser en dos períodos distintos (solapados en el
tiempo, pero no en las
vivencias). Dos motivos para hacer una entrevista a Jaime Brihuega, que
acaba
por convertirse en ver a un Josep Renau, y a otros monstruos de la
cultura que
radicó en los principios del siglo XX y que desembocaron en
una República
española, que floreció en unos pocos
años y que fue cortada de raíz en esta
tierra, pero que no tuvo más remedio que desbordar en sus
sobrevivientes
exiliados. Pero que también dejó en el interior,
pese a los criminales
fascistas, un residuo, una base de riqueza cultural que nadie
podría ya parar.
Y
entrevistar
al comisario de la exposición de Renau, es conocer muchos
matices con toda la
claridad posible, es ver cómo la herencia de dos seres que
no han compartido
una cultura, comparten otras cosas, como una Dirección
General de Bellas Artes
a más de medio siglo de distancia, como la
oposición a la guerra, como es el
compromiso frente al avance fascista y envolviendo esto y mucho
más, la
cultura, el arte.
Uno
pintor, grafista, diseñador, cartelista, articulista,
escritor, Renau. El otro
historiador del arte, también escritor y articulista,
profundo analista
político en cuanto se le toca un poco, Brihuega. Ambos con
un profundo
conocimiento de la cultura, de la sociedad y con un profundo
compromiso. Si a
Renau le debemos tanto el salvamento de las obras del Museo del Prado,
a
Brihuega le debemos presenciar los trabajos artísticos de
aquél y comprender
cómo se refleja en ellos la ideología
más profunda, conocer al Renau pintor,
cartelista, grafista, montador fotográfico,
político, escritor, impulsor de un
movimiento cultural que habría de aunar y arrastrar a
muchos, más allá del
arte, más allá de la
Exposición Universal
de París, más allá del ensimismamiento
del artista en una creación sin
trasfondo y sin reflejo. Seguramente es la demostración de
que Josep Renau hace
carecer de sentido el coleccionismo del arte, por eso Jaime Brihuega lo
saca de
los fondos de archivos y lo airea por todo el mundo en esta
exposición que
ahora recorre España y, en breve, el mundo: el de Renau.
La
entrevista constará de tres partes: esta primera sobre Renau
visto por Brihuega;
la segunda sobre la situación del mundo cultural desde la
visión de un
historiador del arte comprometido y la tercera vinculada a su
visión de la
situación política y las perspectivas para
nuestro mundo actual.
La
recopilación y selección de una
exposición con coherencia como ésta debe haber
supuesto un gran esfuerzo ¿Por qué Josep Renau?
Renau
es para mí una cuenta pendiente. Llevo muchos
años dedicado a la investigación
de la Vanguardia Histórica
Española (valga la redundancia) y nunca había
hecho
nada sobre Renau. Llega el momento de hacer una exposición
para conmemorar el
centenario, surge un proyecto muy modesto que parte de la
Fundación Guerricabeitia,
de Valencia y cuando me lo sugieren, digo que siendo una figura estatal
lo
puede hacer la Sociedad Estatal de
Conmemoraciones Culturales que se hace
cargo de esto y pasa de ser una pequeña antología
a ser una exposición grande.
Para
mí, maravilloso, porque yo tenía dos deudas con
él: una como historiador y otra
ideológica, porque es un hombre con el que yo me siento muy
identificado y con
el que me sentí especialmente identificado cuando fui
Director General de
Bellas Artes, porque él lo había sido
también. Pero, sobre todo, me puedo
sentir muy pequeñito al lado de lo que hizo este hombre y
las cosas que puso en
marcha.
Para
mí
era en parte una obligación moral, y un placer en todos los
sentidos. Mentiría
si dijera que ha sido una exposición difícil: los
fondos están reunidos en su
mayor parte en la Fundación,
así que mi labor como Comisario ha sido la perita
en dulce de cualquiera “este
quiero,
este no quiero”, calibrar proporcionadamente todas
las etapas del artista,
todas las técnicas, todos los géneros de
expresión, todos los extremos para
ensalzarlo en el hilo conductor y, sobre todo, en el tema del
compromiso, que
es a lo que he dado prioridad como Comisario. En ese sentido no ha sido
difícil
y el resto, cualquier profesional sabe dónde
están situadas y las bibliotecas,
hemerotecas y museos han sido generosas. Difícil no, ha sido
un placer.
Pero la
selección es muy minuciosa, porque de la primera
época que él mismo descartó no
hay prácticamente nada, así que se ha centrado
mucho en el tema Compromiso.
Claro,
un artista que un buen día irrumpe en el panorama de la
modernidad y triunfa, y
un buen día decide no seguir ese camino, renunciando al arte
en la expresión de
la subjetividad o a lo que es el espectáculo del arte
moderno en su tiempo (que
ya lo es a finales de los ‘20, porque es el tiempo de la
invasión del Art Decó
y la modernidad se ha convertido ya en un
fenómeno de masas), da el giro y creo que la
exposición lo marca muy bien, cómo
a partir de una fecha, de pronto, prácticamente desaparece
cualquier
realización que no sea políticamente
comprometida, salvo, como es lógico,
aquellas que utiliza para ganarse la vida.
Es
curioso que, esto último, alguien se lo ha echado en cara
alguna vez ¡como si
el 100% de los artistas no tuvieran que hacerlo!
Está
bien que se sea duro con quien aguanta la dureza de la
crítica.
Es casual la
elección del tema o te sientes identificado con la
posición en que se encuentra
Renau por determinadas cuestiones?
Yo me
siento muy identificado personalmente. Otra cosa es que las
circunstancias
políticas en que yo me tuve que mover no fueran las mismas.
Él se movió durante
la guerra, yo me moví durante…
¿otra guerra?
…
la
democracia. Al final hubo una guerra y, creo que recordando a Renau
dije “pues esto requiere una
actuación bélica”.
Pero en el resto, sobre todo, esa política de fomento
continuo de la imaginación
que él llevó a cabo desde su puesto en
circunstancias tan difíciles, era un
poco mi orientación. Hubo dos personajes de la historia de
España que me
orientaban durante el tiempo de mi gestión
política: Renau y García Maroto[1],
que también fue un soñador (antes de volverse
medio loco), y además un hombre
que vio muy claro por donde debían ir las cosas, ya desde
finales de los ’20,
en una España republicana, sobre todo en la
política del fomento y en la lógica
de las actuaciones. En este sentido (ya ha pasado mucho tiempo y no hay
ninguna
continuidad con aquello) en mi fuero interno veo que es un homenaje a
un hombre
que hizo las cosas como debieran hacerse. Porque la
labor de Renau como político de la cultura fue inmensa,
no sólo
es el Pabellón de París, que es lo que
más conocemos, sino el Consejo Nacional
de Teatro, el Consejo Nacional de la Música,
la creación de la actual Orquesta Nacional se debe a
él, ya que tiene su origen en su iniciativa en plena guerra
civil… además,
evidentemente, del salvamento del patrimonio histórico, por
lo que supuso en el
momento adoptar los parámetros de conservación de
las obras de arte en tiempos
difíciles, con esa corrección, con ese rigor y
con ese entusiasmo popular. Eso
es lo que hoy nos falta sobre todo.
Algunas obras marcan determinados hitos,
porque parece que siempre se va adelantando a su tiempo. Hay algunas
como la
que proclama la libertad y el derecho al aborto que podría
ser una obra de hoy
¿Toda su obra va siempre en esa línea de adelanto?
Sí.
Hay
algo terrible en Renau, porque cada una de sus obras es premonitoria de
un
problema que sigue en pie. Eso no es bueno, es muy malo. Pero demuestra
como
era muy certero en la elección de los problemas, es decir,
el tema del aborto
(que hoy en España nos preocupa, porque la última
campaña electoral ha sido un
tema de discusión y debate), pero también la
marginación del tercer mundo, a la
que él alude de una manera directa y frontal, con el tema de
los mejicanos o el
tema de “Sacad vuestras manos de Cuba”,
el tema del imperialismo, que son temas que estamos padeciendo ahora
mismo, la
segregación racial, el papel de las finanzas en el deterioro
del mundo, la
venta de armas… son temas que en su momento eran capitales
que él los elige,
siguiendo la huella de Heartfield[2],
que ya los había elegido en los años
’30, pero continúan adaptándose a los
tiempos concretos que en cada momento vive y elige problemas que,
desgraciadamente, siguen vigentes.
Lo que
siente la gente que visita la exposición y lo que le
sorprende es que son
problemas absolutamente vigentes, es decir, que esas
imágenes no son sólo
imágenes perdidas en el tiempo, que nos llevan a otra
época, que rememoran,
otras sensibilidades u otras ideologías, sino que son
perfectamente válidas en
nuestro contexto. Y esto hace de él un artista de primera
magnitud, cuando más,
si va unido a un problema del lenguaje tan extraordinariamente moderno
como el
que muestra en cada momento: él se adelantó al
Pop Art en el
tiempo, e hizo un Pop Art “relleno
de
jamón”, no sólo el pan del
bocadillo.
En tu opinión, ¿por
qué se vuelca tanto en la
denuncia de la hipocresía del capitalismo norteamericano,
con la que llevaba
lloviendo tantos años en España?
¿Quizá es más internacionalista que
otros?
Completamente,
y él lo hace, en primer lugar, porque se encuadra en un
bando en la “guerra
fría”. Sin dejar de ser absolutamente
crítico con el mundo del otro lado del
telón de acero, su posición estaba muy clara.
Este lado del telón de acero,
occidente, criticaba y fustigaba los horrores de oriente, y
él equilibraba la
balanza fustigando aquello que aquí ocurría. En
este sentido, su posición respecto
al imperialismo
norteamericano, fue enormemente militante desde
allí y coincidente con la
izquierda occidental. Y además, aquello era la
continuación coherente de la
política que había hecho antes de la guerra.
Antes era el nacional-socialismo
alemán: después de la guerra, ese
nacional-socialismo se solapa con el
imperialismo yanqui, y en las series que hace en Alemania “Uber Deutchland” y compañía,
habla precisamente de esas
relaciones, de esa continuidad, de ese cambio de careta del fascismo,
avalado
por el hecho de que el imperialismo yanqui encontró en un
fascista como Franco
el mejor bastión para frenar el comunismo en Europa.
Así que, se daban cita los
grandes temas que él había tocado y encontraban
una bestia negra, que encima
sigue siendo la bestia negra en nuestros días.
Dices que era crítico y lo era con
todo.
Realmente, algunas discusiones le llevan a enfrentarse con gente que
estaba de
acuerdo con él, como es el caso de Alberto[3],
al que insta a
comprometerse más en su arte, porque dice que el pueblo no
lo comprende. Pero,
en cierto modo, el propio arte de Renau puede ser comprendido en la
superficie,
pero es complejo en el fondo ¿él es consciente de
eso?
Sí,
yo
creo que es consciente de la espoleta retardada de sus mensajes. Sus
mensajes
son muy directos, los entiende cualquiera, los niños cuando
llegan a la
exposición, la gente fuera de su tiempo cuando piensas en
otro momento, los entiendes
en el tuyo cuando piensas en el tuyo. Pero luego hay elementos que,
digamos,
quien busca más encuentra más. En algunos
fotomontajes de la serie “American
way of life” no sólo se hace
una crítica de la situación objetiva en los
parámetros del contexto: también de
la situación interior de los seres humanos aislados en la
maraña selvática de
las sociedades contemporáneas, esas soledades, se habla
incluso de la depresión
en uno de los fotomontajes. Es decir, su obra posee unos niveles de
significado
que superan el primer significado fácil y evidente y
continúan repercutiendo
cuando alguien se aventura en la lectura de sus obras.
No
obstante, la polémica con Alberto era una
polémica muy clara, en el caso de la Escuela de Vallecas, que es esa
abstracción comprometida
en el fondo, pero de difícil acceso en superficie, lo que
él critica como una
fórmula que cree que no está al alcance de la
comprensión de las masas. Pienso
que Renau se equivocaba en este sentido: el gran público
puede entender la
abstracción, a Miró, a Alberto Sánchez[4],
sencillamente con
dejarse ir, con romper el prejuicio de no acceder.
Y esto,
en los términos de la polémica (no
sólo en las posiciones concretas que cada
uno adopta, sino en el desarrollo de la misma) se deja ver. Cuando uno
lee el
texto a la larga, es riquísimo. Yo he pensado muchas veces
que era una polémica
fingida, de acuerdo entre dos camaradas, pero me consta, porque he
hablado con
el hijo y con la mujer de Alberto Sánchez, que él
se vio tan sorprendido en la
realidad, como muestra en el pequeño texto en que le
responde ¡Hombre, no es
para tanto!, yo creo que no es momento de ponerse a
discutir… Fue una polémica
de verdad, y creo que eso le da espontaneidad y riqueza.
Pero
con ser ejemplar una polémica de verdad, con luz y
taquígrafos, en el interior
de la izquierda mostrando sus contradicciones, cuando ocurre en plena
guerra
civil en la otra polémica con Ramón Gaya[5],
realmente es apasionante y creo que es uno de los ejemplos
más brillantes de
libertad de pensamiento que se han podido dar en la historia reciente
del mundo
occidental.
Lo cual
no significa que veamos que uno se mueve por un tipo de consignas y
otros por
otras. ¡Claro que hay consignas! Pero en una
España combatiente, en uno de los
bandos que combaten, mostrar a cara descubierta cuáles son
las contradicciones
y los debates internos, creo que es de una riqueza excepcional y un
verdadero
ejemplo, porque ni siquiera en las sociedades democráticas
esto ocurre.
Acabamos de pasar unas elecciones ahora mismo y, los verdaderos
debates, a
veces han sido ocultados por los “partes temáticos
de los debates”. Ha dado
miedo el debate real y se ha hecho ese debate figurado en el que cada
uno
adoptaba un papel y era un poco acartonado. Creo que en este sentido hay cierta riqueza de los años
’30 que
deberíamos recuperar
que volvería a
inyectar de savia generosa nuestro tiempo.
¿En cuanto a la parte
artística de Renau,
prefieres al diseñador, al cartelista o al pintor?
Creo
que no se pueden disociar uno de otro. El Renau pintor es muy
ocasional,
incipiente. Lo que hizo en México fue un intento que
duró apenas año y medio y
abandonó inmediatamente. Era muy interesante ese surrealismo
melancólico, muy
en concomitancia con todo el surrealismo del exilio y demás,
pero digamos que el
Renau pintor no existe. Hay un Renau grafista y diseñador
que se expresa con
todos los medios a su alcanza y que, hoy, sería un maestro
del Photoshop, y lo
tendríamos en la red, y lo tendríamos
quitándole al graffiti todo ese
academicismo Hip Hop inoperante y completamente absurdo y contaminante
sin más
y transformándolo en algo expresivo que llegara realmente.
Al que prefiero es al Renau para el que los
medios son eso: medios al servicio de la eficacia, en el sentido absoluto del
término, para un
fin determinado, que se orienta por la rosa de los vientos que tiene la
libertad solidaria, la igualdad, la imaginación y, por
qué no, el placer, como
puntos cardinales. Porque hay que ver cómo se le escurre ese
placer tan
valenciano, esas mujeres tan abundantes, que realmente denuncian que
está
gozando, no sólo ideológicamente, cuando trabaja.
Creo que él está en esa rosa
de los vientos correcta, que todos debíamos tener.
¿Colocas esos dos óleos
de los años ’40 en la
exposición, al igual que algunas obras del principio, como
ejemplo de que
experimenta con esta técnica?
Sí,
pero la deja, acude a la tijera y, lo mismo que cuando hace los
primeros
fotomontajes echa mano de las publicaciones de su época,
pero las publicaciones
han cambiado y tiene todo el imaginario de la comunicación
visual masiva,
palpitante, y echa mano de él porque es mucho más
eficaz. Como le ocurrió al Pop
Art , hacía un guiño cómplice al
espectador culto, diciéndole “dame la mano que
vamos a transgredir y bajar a los burdeles de la
comunicación visual masiva y
vamos a experimentar una transgresión:
abandonamos las bellas artes, nos paseamos por la mugre de las masas y
volvemos” con una ironía del tipo que sea.
Él utilizó la misma técnica, pero
diciendo “te voy a mostrar imágenes que conoces,
ya sé que conoces el
significado general: yo tengo este otro significado”. Y no
sólo nos hacía
desembocar en una transgresión del recinto de las bellas
artes, sino de los
valores hegemónicos y dominantes. Algo mucho más
duro en este sentido.
¿Crees que hay algún
símil o algún parangón
actualmente con el autor?
No lo
puede haber. La maquinaria de nuestra visión del arte ha
crecido de tal manera
y se ha sofisticado tanto que es capaz de devorarlo todo. Si alguien
propusiera
una ejecución pública y consiguiera los permisos
administrativos suficientes al
día siguiente tendríamos una galería
que…. Es decir, creo que el arte ha
muerto, no como pronóstico Hegel, porque él
defendió su historicidad, es decir,
avaló el concepto de modernidad que en su tiempo
había defendido Baudelaire,
pero el arte ha sido acorralado y devorado por los medios de
comunicación de
masas que han ocupado los papeles que otrora tuviera el arte.
Y el
arte, cuando ha querido sobrevivir ha tenido que salir de
sótanos y galerías y
convertirse en espectáculo de masas. El Guggenheim es un
parque de atracciones
artísticas para hacer soñar el sueño
de lo oculto a las grandes masas. En este
sentido, hemos echado mano de tantos medios, hemos roto tantos
límites, que la
ruptura de límites resulta un tanto ineficaz. No creo que
hoy por hoy, desde la
comunicación de masas, ni desde la comunicación
visual artística se pueda
lograr un efecto tan contundente como el que pudo lograr Renau en su
tiempo. No
porque quienes lo hagan sean menos que él, sino porque las
condiciones han
cambiado. ¿Cómo? Pues no sé como, si
lo supiera no estaría aquí contigo, ni
daría clase de Historia del arte, me estaría
dedicando a ello. ¿Cómo podríamos
usar la imagen artística o de la comunicación
visual para cambiar el mundo? No
lo sé, porque los campos de la comunicación
visual están minados en todos sus
territorios. Supongo que alguna vez alguien nos dirá
cómo y tiraremos por ahí.
Pero no
puede haber parangón, aunque existan artistas de su talla y
de mucha mayor. La
eficacia de la obra de arte ha perdido terreno, ha perdido su valor
relativo en
el mundo del imaginario que nos movemos, toda vez que, ya no
sólo es real, sino
que está duplicado con el imaginario virtual. Y la red no es
“la gran esperanza
blanca”, lo poderes han echado sobre ella sus zarpas con la
contundencia
necesaria, si no para controlarla, sí para que su descontrol
camine por sendas
y rutas perfectamente trazadas. Se nos
puede hacer creer que gozamos de un alborozo democrático
porque votamos en la
red y aquello muere donde mueren los electrones que van por
los cables y se
acabó.
[1]
Gabriel García Maroto ( La Solana,
Ciudad Real, 1889 -
México, 1969), pintor, impresor y escritor
español perteneciente a la Generación del 27
[2]
John Heartfield (Berlín,
9 de junio de
1891 - 26 de abril de 1968), artista alemán antinacionalista
de nombre original
Helmut Herzfeld. Fotógrafo del
período dadaísta, especializado en el
fotomontaje,
[3] Alberto
Sánchez Pérez (Toledo, 1895 -
Moscú, 1962), pintor y escultor español. En
1927 fundó con Benjamín Palencia la llamada Escuela de Vallecas,
que
buscaba en Castilla su inspiración.
[4]
Alberto Sánchez Pérez
(Toledo, 1895 -
Moscú, 1962), pintor y escultor español. En 1927
fundó con Benjamín Palencia la
llamada Escuela de
Vallecas, que buscaba en Castilla su
inspiración.
[5]
Ramón Gaya (Huerto del
Conde-Murcia-,
10 de octubre de 1910 – Valencia, 15 de octubre de 2005).
Pintor y escritor
español, comprometido con la política republicana
y miembro también de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, tuvo
una fuerte polémica con Renau en un intercambio de
artículos acerca del arte y
su necesario compromiso frente a su separación de la
política (postura esta
última que defendió Gaya frente a Renau),
basándose Gaya en la trivialidad que
otorgaba al cartelismo dentro del papel del arte.
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IMÁGENES Y DATOS RELACIONADOS |
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Jaime Brihuega es
Doctor en Historia del Arte y ejerce la docencia y la
investigación en la Universidad
Complutense de Madrid. Tiene numerosas
publicaciones (entre
ellas, al menos siete libros de su autoría y más
de una veintena en obras
colectivas, además de innumerables artículos en
revistas especializadas)
relacionadas con diversos autores y tendencias, pero está
principalmente vinculado
a las vanguardias pictóricas del XIX y el XX. Ha
desarrollado diversos temas en
conferencias y publicaciones de libros y revistas acerca de los
artistas
relacionados con la II República
y con la guerra civil española. Fue Director General de
Bellas Artes durante
una parte del penúltimo gobierno que presidió
Felipe González, pero, junto con
otros cargos públicos, prefirió abrir la
polémica del debate contra la primera
Guerra del Golfo (1991), anteponiendo sus principios éticos
frente la guerra, a
la conservación de sus privilegios como cargo
público, por lo que fue
rápidamente destituido por el entonces Ministro de Cultura,
Semprún (que hizo
diversas declaraciones apoyando la intervención
española en el Golfo Pérsico
junto a Estados Unidos), tras haber promovido y firmado Brihuega un
manifiesto
que, difundido bajo el titular Peligran
la libertad, la justicia y la solidaridad llevaba la firma de
18 altos
cargos del Ministerio de Cultura y exigía la retirada de
tropas así como el
cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas y la convocatoria
de una
conferencia de paz.
Es responsable de la organización de numerosas
exposiciones
de las que ha sido comisario, él sólo o junto con
otros como Juan Manuel Bonet,
Juana María Perujo, Concha Lomba… y en los
últimos tiempos viene organizando
exposiciones de claro compromiso político, rescatando a
muchos de los artistas
que destacaron en su momento y fueron enterrados por el olvido del
destierro y
de la dictadura, pero no fueron apenas recuperados por la supuesta
transición.
Además de la de Josep Renau está en marcha la de
Miguel Prieto, coetáneo y
compañero del anterior en su obra y su compromiso.
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