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El látigo y la pluma
Portada del libro de Fernando Olmeda "El látigo y la pluma". |
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Sofía Basalo
Fernando Olmeda
es un periodista con una extensa trayectoria a sus espaldas.
Comenzó su carrera
profesional en la Cadena Ser en 1982.
Trabajó en Telemadrid desde 1989, donde fue
redactor jefe de la sección de Madrid de los Servicios
Informativos; pasó por
Antena 3 Radio, donde fue subdirector de El
primero de la mañana para, posteriormente, dirigir
el programa Sucedió en Madrid
en el canal
autonómico. De 2001 a 2005 dirigió y
presentó las noticias de fin de semana de Informativos
Telecinco. Es autor de los
libros Españoles
de oro, Gerda
Taro, fotógrafa de guerra, Contraseñas
íntimas por el que se le ha concedido el
Premio de Novela Ateneo-Ciudad
de Valladolid 2006 y El
látigo y la pluma. Actualmente se
encuentra escribiendo un nuevo libro que verá la luz la
próxima primavera en el
que aborda algunos hechos desconocidos hasta el momento que tuvieron
lugar durante
la dictadura franquista.
¿Es quizá el
colectivo homosexual el más olvidado a la hora de ejercer la Memoria
Histórica?
Cuantitativamente es
menor que el colectivo mayor, el de las personas que sufrieron
prisión y
persecución por cuestiones políticas; digamos que
la Ley
de la
Memoria Histórica,
sobre todo, se ocupa de los represaliados por el franquismo y estos,
mayoritariamente, lo son por motivos políticos. Todos los
que sufrieron los
juicios sumarísimos y las condenas de pena de muerte
conmutadas a treinta años,
por ejemplo, por cuestiones políticas. Cuantitativamente,
probablemente sea
menor que el grueso de esas personas que se benefician de la ley de
Memoria Histórica
pero no por ello, lógicamente, es menos importante.
Realmente se han pospuesto
las justas reivindicaciones de este colectivo treinta años,
desde la muerte de
Franco han pasado treinta años, y es ahora cuando pasado el
tiempo se reconoce
un poco su dignidad y su memoria. Cuantitativamente quizá no
sean tan
importantes, pero cualitativamente sí, claro.
¿Por ello quizá se puede considerar la Ley
de la Memoria
Histórica
aprobada en la anterior legislatura una ley insuficiente?
¿Quizá un buen
comienzo que se debe completar?
Creo que es una ley
prudente… es difícil contentar a todo el mundo
¿no? Es una ley prudente por
un lado, aunque sí es verdad que tuvo un respaldo
mayoritario en el Congreso;
todos los grupos, incluido Izquierda Unida, salvo el PP y Esquerra
Republicana,
la secundaron. Por un lado es prudente, pero por otro es suficiente, en
el
sentido de que se ha logrado un consenso mayoritario en cuanto a su
contenido;
eso no quiere decir que, lógicamente, se hayan quedado fuera
algunas propuestas
y reivindicaciones de algunos grupos, propuestas y reivindicaciones que
fueron
sometidas a consideración, aunque finalmente no fueron
aceptadas. De tal
manera, estimo que no es el final de un camino, sino el comienzo,
posiblemente.
Esta ley era muy necesaria desde hace muchos años y
probablemente (con el paso
del tiempo y a partir de este más que necesario texto),
arranquen nuevas
conquistas, pero tiene que ser poco a poco; en todo caso creo que la Ley
de la
Memoria Histórica
era muy necesaria y muy oportuna en este momento de nuestra historia.
Has comentado que esta ley era muy necesaria desde hace
mucho tiempo, ¿quizá desde que dio comienzo la
Transición?
Sí claro,
evidentemente. Por ejemplo, en cuanto al colectivo homosexual se
refiere, la
Ley de Peligrosidad Social se
mantuvo vigente hasta el año 1979, e incluso la
homosexualidad permaneció en el
Código Penal como delito durante muchos años
más, hasta que finalmente fue
eliminado. Como dice Vázquez Montalbán,
España vivió un proceso de amnesia
controlada, de tal manera que el tan traído y llevado
“pacto de la
Transición” o “espíritu
de la
Transición”
probablemente antepuso ciertas cuestiones o consideró
prioritarias determinadas
cuestiones en detrimento de otras; por eso, efectivamente las
reivindicaciones
del colectivo gay, por ejemplo, han quedado pospuestas tanto tiempo
¿no?
En el libro “El
látigo y la pluma” citas un episodio
sobrecogedor y, acentúas, poco
conocido de la posguerra. Algo que ocurrió en algunos
puertos españoles,
concretamente citas Vigo. Los homosexuales buscaban aires de libertad
cruzando
el océano, en otras tierras… y lo hacían en
barcos que eran verdaderas
trampas…
Es un episodio
pequeño y quizá no suficientemente estudiado,
probablemente porque muchos de
los protagonistas ya no están… pero sí es una
línea de investigación que dejé
ahí para que alguien tomara el relevo. En todo caso
minoritario pero sí hubo
mucha gente que tuvo que salir por mar y por tierra, sobre todo por la
frontera
francesa… buscando el camino del exilio, aunque tampoco a los
homosexuales
les esperaba al otro lado precisamente un paraíso
¿no? Con
los campos de concentración del sur de
Francia y después con las turbulencias de una Europa inmersa
en la
Segunda Guerra
Mundial… Difícil también era quedarse… y,
sobre todo, en los primeros años
porque aunque al principio se buscaba sobre todo la venganza
política,
inmediatamente después el nacionalcatolicismo
empezó a perseguir a quienes no
se ajustaban al machismo orgánico imperante, con lo que irse
era difícil…
imagínate, el desarraigo, empezar de cero… pero quedarse
era también muy
complicado en aquel momento porque
un
simple gesto, un ademán, una indumentaria, cualquier
sospecha era suficiente
para que a uno lo detuvieran, le aplicasen la ley de vagos y terminara
encarcelado…
No sé si el rechazo y la humillación que
sufrió el
homosexual en el franquismo lo fue por partida doble: por un lado el
rechazo y
la humillación social, externa, por así decir y,
por otro lado, la negación
interior, la no aceptación de algo contra lo que aquellos
que nacieron en la
década de los ’40 habían sido
educados…
Por un lado estaba
la persecución legal, por otro lado estaba la
discriminación social que hacía
que mucha gente, sólo por la vía del miedo y la
ocultación y el silencio
lograra sobrevivir. Y, efectivamente, para los nacidos a partir de
1940, el
nacionalcatolicismo era la clave del sistema en ese momento, y como he dicho antes, el
machismo orgánico,
la virilidad como norma fundamental y básica del Estado, la
mujer como ser
humano dedicado esencialmente a la sexualidad reproductiva sin otro
tipo de
posibilidades… En fin, todo el concepto de aquella España
castrense y
castrada, obviamente, hizo mella en los niños de la
posguerra.
Por ejemplo, Pedro
Almodóvar refleja perfectamente en La
mala educación el ambiente que había en
los internados, en los conventos,
en las iglesias. Y
yo también en mi
libro hago una panorámica en todos los estratos de la
sociedad, no sólo en los
conventos, sino también en los cuarteles y en la vida
cotidiana, en la que se
expresaba muy bien esa atmósfera de represión, de
mala educación que se sufrió
y, de la que aún, seguimos pagando las consecuencias.
Porque, a fin de
cuentas, todo eso ocultaba varias cosas como la doble moral: se
perseguía una
conducta presuntamente reprobable que, posteriormente, se toleraba
cuando era
detectada, por ejemplo, en el seno del ejército o en el seno
de la iglesia. Y
de alguna forma, España también ha heredado esa
mala educación que recibimos y
que Almodóvar tan bien escribió.
¿Qué nos queda hoy en día de
esa doble moral? ¿Cuánto
tardaremos en liberarnos de ella?
… Bueno, lo que
queda es homofobia. Se ha conseguido la igualdad legal, pero no la
igualdad
social y la verdad es que es muy triste presenciar episodios de
persecución por
motivos sexuales, episodios de homofobia en los institutos…
Yo tengo una sincera
preocupación por la educación que, en
determinados sectores sociales, se está
dando a los chavales jóvenes; buena parte de la sociedad
está educando a esos
jóvenes en valores antidemocráticos, en valores
que no casan con los
presupuestos básicos de la igualdad, de la justicia, de la
solidaridad, del
respeto…
Y tengo una enorme
preocupación, porque para mí es casi
más importante que el evidente racismo que
existe en determinados sectores de la sociedad: nos alarmamos mucho por
el
racismo, pero no tenemos en cuenta que esa homofobia está
interiorizada en
buena parte de la sociedad, que se ha aprendido. Como
decíamos antes, nos hemos
educado en los colegios hace cuarenta o cincuenta años de
una manera
determinada y eso se lo estamos transmitiendo a los chavales
jóvenes que tienen
ahora dieciocho o veinte años, o menos incluso.
De tal manera, que creo que la homofobia es bastante
más preocupante,
porque está latente y bastante más peligrosa que
el racismo puntual que se
puede expresar en determinados momentos.
¿Pero no crees que las personas de veinte o treinta
años
que hayan recibido una determinada educación, de unos padres
que fueron niños
en el franquismo, tienen ahora todos los medios para pararse a pensar,
a
razonar y a distinguir entre lo que deben eliminar de esa
educación y lo que
deben incorporar a la misma?
Desde luego, hoy más que nunca. Los que tenemos
más de
cuarenta años podemos tener una cierta disculpa, en el
sentido de que cuando
éramos jóvenes tampoco vivíamos en un
mundo globalizado que tienes al alcance
de un “clic” de ordenador realmente ¿no?
En aquella época no existía y teníamos
más dificultades para
encontrar referentes sociales, para encontrar modelos, para encontrar
un camino
con estos valores de los que hablo, valores universales, igualdad,
respeto,
tolerancia, convivencia en paz. Ahora creo que es menos excusable, yo
animo a
muchos jóvenes a que lean, se informen, lean El
látigo y la pluma y otros muchos trabajos, y a que
se replanteen
cuáles son nuestros modelos sociales, cuál es la
escala de valores que guía
nuestros comportamientos y que nos ayuda a conocernos mejor y, sobre
todo, a
entender que determinadas actitudes (fruto de la educación
que nos han enseñado
nuestros padres), ahora mismo son anacrónicas.
Podían tener vigencia hace
tiempo, pero ahora mismo son anacrónicas.
La sociedad va por otros caminos distintos del racismo y la
homofobia, la igualdad y la convivencia en paz y la tolerancia son
rodillos
imparables que, tarde o temprano, presidirán nuestra
sociedad, con lo que hay
que sumarse a ese carro y no seguir anclados en planteamientos antiguos.
En 2004, cuando se presentaba El
Látigo y La Pluma,
Eduardo Mendicutti dijo que éste era un libro necesario,
porque todos
necesitamos recuperar la memoria; pero hay personas que defienden
“el pasar página, el
olvido, que no hay que
remover el pasado…” ¿Qué
opinas al respecto, qué les dirías a esas
personas?
Como periodista,
principalmente, no puedo por menos que defender una tesis muy clara y
es que
estamos obligados a conocer la verdad, la veracidad de los hechos por
encima de
todo. Y, puesto que muchos hechos no se conocen, no hay ninguna
razón para que
no sean conocidos, así de básico.
Pondré un ejemplo,
estoy trabajando en un nuevo libro que verá la luz la
primavera próxima sobre
un tema que estimo bastante atractivo, un libro de Memoria
Histórica, a fin de
cuentas, y en esta
fase de investigación
he encontrado una cantidad enorme de datos nuevos, no conocidos que
alumbran un
período histórico y no hay ninguna
razón para que no sean conocidos. Independientemente
de entrar en valoraciones maniqueas de buenos y malos, eso me preocupa
muy poco:
esas son las consecuencias o interpretaciones posteriores. Pero a
partir del
momento en que se sacan a la luz datos nuevos sobre hechos
históricos, no hay
ninguna razón para que no sean conocidos, lo que venga
después, me da igual.
La función de los
historiadores, de los periodistas, de los escritores es descubrir la
verdad y
hay tantas cosas, además en la línea de la que
estamos hablando, hay tantas
cosas desconocidas, hay tantos datos desconocidos, hay tantas
cuestiones que
nunca fueron contadas, que fueron voluntariamente escondidas o
involuntariamente olvidadas… Pero que han quedado ocultas, por
ejemplo en el
franquismo, en la transición, en los primeros pasos
democráticos, hay muchas
cosas que están sin contar.
Por lo tanto nuestra
función, y si nos gusta con más razón,
es desvelar todo aquello no contado y
eso tiene un valor indiscutible y, en esa línea, hay mucha
gente trabajando y
no hay ninguna razón para dejar de hacerlo. Lo que venga
después son
valoraciones subjetivas, probablemente procedentes de quienes pensaban
que
estaba todo contado ya, no tanto reabrir o no heridas, sino algo tan
básico
como que determinada gente piensa que ya está todo contado y
no hay nada más
que contar y que la historia está escrita pero yo discrepo
de ese planteamiento
que dice que no hay nada más que contar porque todo
está ya contado o que la
historia es la que es.
No hay nada más que
acudir a los archivos para descubrir cosas no contadas que, sobre todo,
tienen
valor en sí mismo, no son sólo
anécdotas, tienen el valor de alumbrar un
período histórico y que probablemente interese a
todos, a la sociedad en
general.
A veces me preguntó por qué, por
ejemplo, se ha podido
revisar de forma exhaustiva la Segunda
Guerra Mundial, de la que se han escrito
libros, ya sean novelas, ensayos, se han filmado películas.
Y en cambio de la
guerra civil española y del franquismo, hasta hace muy poco,
no se han empezado
a publicar libros, y aún así, se cuestiona muy
mucho cualquier actividad de
enjuiciamiento ¿Por qué nos cuesta tanto
examinarnos y juzgarnos?
Éste es un fenómeno
bastante característico de este país llamado
España, porque en muchos países
del mundo que han sufrido dictaduras o procesos semejantes al
español, tarde o
temprano los acontecimientos, la tenacidad de personas individuales,
víctimas o
jueces y la fuerza de la historia, la fuerza de la razón ha
conducido a ese
proceso de recuperación de la memoria y a ese proceso de
justicia por unos
caminos determinados. No hay más que hablar de Chile,
Argentina, Alemania e
Israel. Por ponerte un ejemplo, si el propio Papa, Benedicto XVI ha
pedido
perdón, si Ángela Merkel ha pedido
perdón hace poco en Israel por el régimen
nazi, si hay procesos abiertos contra los genocidas de las dictaduras
de Chile
y Argentina en este momento y, si lugares tan siniestros como la
escuela de
mecánica de la armada de Argentina, se han transformado en
un museo, no hay
demasiada justificación para que en España no
ocurra lo mismo. Tendríamos que
ir probablemente a procesos similares a los que ha habido en otros
países que
han sufrido dictaduras.
Comprendo que hay
que hacerlo con prudencia, con la prudencia que ha empezado esta
entrevista con
respecto a la ley de Memoria Histórica, pero soy optimista
en el sentido de que,
poco a poco, muchas de las cuestiones pendientes en la ley de memoria
verán la
luz, porque si nos homologamos con el resto del mundo hemos de hacerlo
también
en esta cuestión. Y ahí hay un camino por
recorrer, indiscutible en este país.
Pero bueno, nos cuesta mucho por esa educación recibida,
porque hay mucha gente
que aún vive y porque no se ha aclarado la ilegitimidad de
los juicios, ni se
han procesado ni sacado a la luz los nombres de los represores de la
dictadura
franquista. Es una diferencia bastante grande respecto a otros
países como
Argentina o Chile. Ahí sí hay una diferencia
legal enorme.
Una
última
pregunta, respecto al periodismo y una frase que he leído en
tu blog
(fernandoolmeda.blogspot.com): “Ir
donde
está el silencio. Ésa es la responsabilidad de un
periodista. Dar voz a quien
ha sido olvidado, abandonado, golpeado por el poderoso”
¿esta labor, como
la que comentabas hace un momento (“descubrir
la verdad”), está vigente hoy en
día, en un momento en que el periodismo
está tan mediatizado? ¿dónde
está la verdad?
En el interior de
cada periodista, evidentemente. Trabajar con verdad, no sólo
buscarla, trabajar
con honestidad.
En este país, los
medios están alineados desde hace algún tiempo,
hay una atmósfera bastante crispada
sobre todo desde el 11-M. Digo los medios, las empresas. En el caso de
la
televisión, por ejemplo, las audiencias condicionan los
informativos cada día
más, pero luego, sí es verdad que hay actitudes
individuales que calan en el
espectador, en el lector o en el oyente. Hay mucha gente que
está trabajando en
esa línea, que comento en el blog, en esa frase.
Te voy a decir un
nombre, Gervasio Sánchez, un ejemplo de periodista de raza,
insobornable,
porque trabaja para medios nacionales y también regionales
(lo mismo trabaja en
la
Cadena Ser
que en El Heraldo de Aragón) y tiene un compromiso muy firme
con los
desposeídos, con los desheredados, ha estado muchas veces en
Irak. Es un modelo
a seguir, un periodista con todas las letras que sigue buscando la
verdad y que
va ahí donde está el silencio. En fin,
probablemente la profesión periodística
como todos los sectores profesionales se ajusta a la realidad que nos
rodea y
las empresas se acomodan a la situación que hay, pero
existen muchísimas
iniciativas individuales (también colectivas) de muchos
periodistas que siguen
buscando la verdad por encima de todo. De eso tenemos que
enorgullecernos, son
modelos a seguir.
Quizá esas iniciativas son las que hacen que el
periodismo, como dice Gabriel García Márquez, sea
el mejor oficio del mundo
Lo es, claro que sí,
sin ninguna duda.
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