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Extremista demócrata - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

A esta edad, y tras tantos años de proceso transitivo a las espaldas, tras aquellos otros dictatoriales, uno está harto de los clichés que aprendió aquel fascismo tan, tan casposo, y que empeñó en inculcar como aprendizaje más que como norma, a quienes hoy siguen repitiendo la leccioncilla como falsos sabios, y como falsos demócratas. Uno de ellos es la canción de la tolerancia, que no es el más viejo, pero que tuvo su auge mayor cuando nos metían en guerras internacionales, mientras decían que había que ser tolerantes y comprender la postura del adversario. Veamos: el adversario.

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Extremista demócrata

Una cuestión de lenguaje impuesto

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Ante el Congreso de los Diputados, un acto de homenaje ciudadano a Julio Anguita Parrado tras su muerte brutal en Iraq en 2003. Foto: Julio Castro.

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Ante el Congreso de los Diputados, un acto de homenaje ciudadano a Julio Anguita Parrado tras su muerte brutal en Iraq en 2003. Foto: Julio Castro.

Julio Castro – La República Cultural

Tras escribir el texto principal de este artículo, paro a ver el debate de la moción de censura presentada por Podemos. Casualmente, o porque yo lo quiero ver así, tiene mucha relación lo que escribo con lo que ocurre dentro y fuera del parlamento. En las redes los voceros de ciertos partidos se posicionan insultando, antes que razonar. O con razonamientos pueriles del tipo del “y tú más”, que casi es peor indicativo del nivel político en la sociedad. Denoto que hoy no les interesa la política a los del PSOE, y mucho menos a los naranjas del PP. Me parece interesante que el PP ande preocupado, tanto, que su presidente interviene sin argumentos, hablando mal, crispado, pero interviene. Y hago esta pequeña introducción porque es un motivo más para explicar lo que viene a continuación sobre extremismos, no extremismos y democracia, porque democracia sólo debería haber una, pero nuestro mundo se ha retorcido y escurrido en exceso.

A esta edad, y tras tantos años de proceso transitivo a las espaldas, tras aquellos otros dictatoriales, uno está harto de los clichés que aprendió aquel fascismo tan, tan casposo, y que empeñó en inculcar como aprendizaje más que como norma, a quienes hoy siguen repitiendo la leccioncilla como falsos sabios, y como falsos demócratas.

Uno de ellos es la canción de la tolerancia, que no es el más viejo, pero que tuvo su auge mayor cuando nos metían en guerras internacionales, mientras decían que había que ser tolerantes y comprender la postura del adversario. Veamos: el adversario. El adversario, que es un término correctivo que también tuvo su apogeo hace más de 25 años, se quiere aplicar amigablemente en política (“el adversario político”, se les llena la boca), pero no tienen más posibles definiciones que “contrario o enemigo”, en eso la RAE es tajante. Y lo digo porque, ser “tolerante con el adversario” es una frase controvertida, a no ser que estemos en un juego.

La política no es un juego, es el uso y aplicación de las necesarias herramientas para poder gestionar la economía de un país, de manera que el sistema (el que sea que haya instaurado) funcione lo mejor posible o, para ser sinceros, lo más adecuadamente a los principios del mismo (que no tiene por qué ser lo mejor para todo el mundo). Y no siendo un juego, ocurre que el adversario, entendido como término, es puramente un enemigo.

Si lo aplicamos, por ejemplo, al término machista, es evidente que el machismo no es otra cosa que enemigo del feminismo, es decir, su adversario. No me atrevo a hacer una encuesta, porque probablemente acabaría recabando ideas tan disparatadas como que “los hombres deben ser machistas y las mujeres feministas”, otra coletilla tan procedente de la dictadura como del postcaudillismo. En realidad, poca gente se para a pensar que el feminismo es un fenómeno que apuesta por la no discriminación, por la igualdad o, como dice la RAE es la “ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”. No es producto de un hecho inocente el que la mayoría vea como contraposición de intereses entre sexos uno frente al otro, sino que se trata de establecer clases diferentes en la sociedad, al igual que ocurre con la cuestión económica, con la nobiliaria, con la racial, con la religiosa… Pero más absurdo es ser tolerante con el machismo, cosa que nadie propone en voz alta, ya que aquí tenemos clara la definición de uno y otro término, y eso significa ser contrarios a la igualdad, o asumir que quien lo es, se encuentra en un mismo plano de derechos.

Pero este asunto, que daría para horas de debate, apenas es un ejemplo que me servía para mostrar aspectos más esenciales de aquellos clichés. Y voy al siguiente que, para mí, resume todos los demás en uno: demócrata. Resulta que, hoy día, cualquiera es demócrata, que es una muletilla utilizada tan a la ligera que, algunos se atreven a aproximar el término a dictadores de todo el mundo sin ton ni son. Y miren, no.

No, porque quienes, herederos del fascismo, conocedores y a sabiendas de dónde se metían, o de dónde provenían sus bienes e intereses, ahora se proclaman más demócratas que nadie, chocan en todas las sílabas. No, los herederos y las herederas de aquellos franquistas no son demócratas, ni pretenden serlo: pero quieren que les toleremos.

Así que sí, son mis adversarios políticos, es decir, mis enemigos naturales, porque claro, tratar hoy día de hacer un revisionismo de la democracia, es gratuito, pero a mucha gente ya no nos cuela. Lo que ocurre es que los últimos 40 años se ha hablado de “los dos bandos”, pero no se dice quiénes son esos “dos bandos”, y tan mal llamados están que se intenta traducir en “extremistas”, otro de los términos de cuño franquista. “Yo no soy de extremos”, escucho o leo, y seguramente yo tampoco, hasta que comprendo a qué hace referencia el término.

Los de un lado es evidente que son fascistas, gente que está en contra de cualquier igualdad, de la aplicación de libertades parejas para todos, de que la prosperidad elimine diferencias, de que el pensamiento nos haga evolucionar… y de tantas otras cosas más. Una cuestión tan clara como esta, rara vez suscita debate (si acaso matizaciones), lo que ocurre es que ahora vayamos al “otro bando”. Resulta que los contrarios a lo definido sería el extremo opuesto, es decir quienes quieren la igualdad, la aplicación de libertades parejas para todo el mundo, una prosperidad que no cree diferencias, sino que las elimine, y el fomento del pensamiento libre que pueda generar mejores ideas para una sociedad mejor.

Vistos los extremos, yo tengo que concluir que soy extremadamente demócrata, pero también concluyo que una buena parte de la sociedad no lo es, o bien no sabe que no lo es, o, además, ignora cómo puede serlo. Ni pretendo ni quiero dar “clases de democracia”, porque eso es un aprendizaje más vital que de otro tipo, y se adquiere de manera voluntaria y, claro, leyendo, viajando, dialogando, debatiendo… Lo que sí pretendía es denunciar definitivamente de ese concepto de los dos bandos, porque no hay dos bandos extremos, sino un conjunto demócrata y un conjunto opuesto a la democracia, a la libertad, a la igualdad, a la fraternidad: los pilares de la Revolución Francesa, que llevaron al cambio del sistema feudal a la era moderna. En la tercera acepción de la RAE entra claramente como fascismo y, en la historia de nuestro país, sin duda, encuentra el acomodo más fácil.

Y así ocurrió en los años ’30, cuando en este país comenzó a instaurarse un sistema democrático, que los demás, quienes estaban bien ubicados en su poltrona económica y de poder, decidieron que todo tenía un límite, que no les gustaba la dictadura de Primo de Rivera conchabado con el rey, que tampoco les gustaba la dictablanda por inoperante, pero que todo tenía un límite y, una cosa es que hubiera posibilidad de votar entre dos y, otra muy distinta, que cualquiera pudiera salir elegido y cambiar la realidad: instaurar la democracia. Y así, jugando a las falsedades y al caciquismo, asumieron que la democracia también era dar un golpe de estado por las armas. Pero no.

Llegados aquí, es preciso proclamarse extremadamente demócrata, porque es el único lenguaje que mucha gente podrá comprender en tanto no salgan del juego de palabras y términos, y la única manera en que acordemos cuál es el marco base de relación en nuestra sociedad, porque si es la democracia, habrá que estar en el lugar adecuado pero si vamos a matizarlo, ya hablamos de otra cosa, y los sucedáneos de democracia ya los llevamos conociendo 80 años. Así que, si el partido heredero del franquismo, en época de Aznar declaraba que estaba viajando hacia el centro, y lo vemos aún en la extrema derecha, habrá que comprender que nunca se dirigía hacia allá, porque nunca le interesó la democracia. Alguien los tildó entonces “partido de extremo centro”, ahora tienen tantos competidores que, ni son reconocibles como “lepenistas”, ni lo son como demócratas, porque perdieron las sillas. Pero es que, quienes ocupan sillas prestadas, tampoco son reconocibles, porque si el socialismo era de centro, ninguno entendió nada, y si quienes apoyan a la derecha son de centro, tampoco caben en el retrato.

Y que la tolerancia es un retrato absurdo de la permisividad con corruptos y antidemócratas, que es un término que incita a que ceda el débil cada vez que tiene razón. Como lo fue la historia del consenso, término que reflejaba el peor de los acuerdos al que se llega entre personas que no coinciden en nada, porque el fruto del consenso será algo con lo que todo el mundo estará a disgusto y donde sólo veremos el beneficio del otro y la pérdida de nuestros derechos.

La ristra de palabras podría ser bien larga: nos han educado a conciencia, y las utilizamos cada día, sin pensar en el significado o en sus consecuencias, pero como si fuésemos doctos en el lenguaje. No es un lenguaje democrático, es un lenguaje impuesto, que nos ha conducido de renuncia en renuncia hasta la derrota final.

Pero, al menos, la cuestión, en definitiva, es aprender que la enemistad del fascismo no es mala, porque es antidemócrata, y que eso es adversidad. Que quienes se definen con medias tintas, tienen mucho que ocultar y nunca sabremos dónde están, pero que si la democracia es enemiga del fascismo, la democracia no es un extremo, o bien, en caso de que lo sea, habrá que proclamarse extremista demócrata. Pues así sea.

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