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El jardín navegable, de Rosana Acquaroni - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

Reeditar uno de los primeros poemarios de una autora con obra en marcha, más de 25 años después, resulta una gran apuesta tanto para la poeta como para la editorial. Se trata de una apuesta por cuanto ese título pudiera ser parte de una evolución aún sin madurar o, por otra parte, bien mostrarse ya como una obra plena, que sigue hablándonos y del que puede responder orgullosamente su escritora.

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El jardín navegable, de Rosana Acquaroni

Avanzar desde la pérdida

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El jardín navegable
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El jardín navegable

Portada del libro de Rosana Acquaroni en editorial Torremozas.

Rosana Acquaroni
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Rosana Acquaroni

Una imagen de la autora de El jardín navegable. Foto: Quino Romero.

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Título: El jardín navegable
Autora: Rosana Acquaroni
Páginas: 86
Editorial: Torremozas (2017)
ISBN: 978-84-7839-692-4

Alberto García-Teresa – La República Cultural

Reeditar uno de los primeros poemarios de una autora con obra en marcha, más de 25 años después, resulta una gran apuesta tanto para la poeta como para la editorial. Se trata de una apuesta por cuanto ese título pudiera ser parte de una evolución aún sin madurar o, por otra parte, bien mostrarse ya como una obra plena, que sigue hablándonos y del que puede responder orgullosamente su escritora.

Este segundo caso es el que nos corresponde con El jardín navegable (publicado originalmente en 1990) de Rosana Acquaroni; un libro de la primera etapa de la autora, con méritos propios, y que agrupa ya los elementos esenciales de toda su trayectoria.

Habla Manuel Mantero en el prólogo (que recupera el texto que se empleó en la presentación del volumen en la Hemeroteca Nacional en octubre de 1990) de la transformación como uno de los sentidos del poemario. En esas páginas, Mantero explora sobre todo el papel en los versos de Acquaroni de la mitología (un elemento que se halla en el tramo final del libro) y su uso desde la óptica alegórica para hablar del presente.

Rosana Acquaroni pone en primer plano la evocación y la sugerencia. Construye poemas con oxímoron y paradojas, y trata de concitar misterio y ambigüedad en buena parte de ellos. Maneja con soltura el registro metafórico moviendo el nivel (más lírico o más cercano) de acuerdo al registro de cada pieza. Destaca la potencia de sus imágenes y de las metáforas que enhebra, que poseen cierto vuelo surrealista. Asimismo, sobresale la presencia de la naturaleza y la búsqueda de la fusión con ella como vía para la purificación, para la plenitud. Los textos se enuncian dentro de un espacio cercano, íntimo, y suelen hablar en tono de confidencia a un “”.

La emoción ante la muerte reciente del padre del “yo poético” atraviesa estas páginas. En concreto, las composiciones que versan sobre este asunto son estremecedoras. La autora se mueve con extraordinaria delicadeza en el equilibrio de la expresión lírica del dolor de la ausencia y la evocación de una lograda atmósfera de pérdida. De hecho, subyace una alegoría continua del jardín como lugar edénico ligado a la infancia, del que se ha partido ya.

Precisamente, esa pérdida hila buena parte del volumen, dentro de los parámetros de la conciencia del paso a la madurez, el recuerdo o la falta de ingenuidad. No en vano, la infancia constituye un componente básico como referente y como tema en sí mismo en un amplio tramo del libro.

Por otro lado, ya se cuela en sus versos la crítica social que marcará libros posteriores. En efecto, El jardín navegable apunta esa veta que vertebrará obras de décadas después (como el concepto de docilidad; básico en su Discordia de los dóciles, de 2011). Específicamente, la escritora detiene su mirada en los excluidos, sobre los que desliza también la perspectiva del lirismo como método de dignificación.

Además, reivindica la literatura que intrínsecamente se rebela contra el tedio y la uniformidad: “Para que cada hombre aguarde una palabra, / una palabra nueva que desnude los horarios / y suceda, vertiginosamente / contra el precipicio gris de los despachos, / la nieve de cartón de los suburbios, / la retransmisión puntual del desencanto, / los alquileres tristes…”. Así va construyendo su impugnación del mundo, a base de contrastar la evocación y sugerencia, de la imaginación y la creatividad frente al abatimiento de la monotonía y la alienación.

En definitiva, en El jardín navegable, segundo y notable poemario de Rosana Acquaroni, encontramos ya bastantes claves de su escritura, que desarrollará a lo largo de los años: la mirada insumisa, el apoyo sensorial para la construcción de su imaginería, una disposición clásica de la metáfora y un uso exquisito de la evocación como sustento del sentido del poema.

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