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Cuando arde el diálogo, la sociedad entra en ruinas - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

Cuando dijimos “#Parlem?”, no era una mandanga para que los presuntos representantes se rieran. El pasado sábado, por la plaza de Cibeles, ante el Ayuntamiento de Madrid, circularon muchos provocadores entre la marea de personas de blanco. Nadie tocó a nadie en la manifestación: atravesaban, soltaban sus porquerías y procacidades, y se les gritaba “sin banderas, sin banderas”. Algunos permanecían allí hasta que se cansaban de que no hubiera violencia, y marchaban. Alrededor de la fuente de Cibeles ondeaban las numerosas banderas monárquicas que hay siempre: nadie trató de tocarlo. En serio ¿alguien imagina esto al contrario?

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Cuando arde el diálogo, la sociedad entra en ruinas

En el país de los trastos volando

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No es la bandera, estúpido
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No es la bandera, estúpido

Parlem? Hablamos? Dibujo: Julio Castro.

No es la bandera, estúpido
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No es la bandera, estúpido

Parlem? Hablamos? Dibujo: Julio Castro.

Julio Castro – La República Cultural

Hoy era un día complicado, lo sabía. Lo sabíamos mucha gente, y la situación que tanto ha caldeado sin decencia le mayor parte de los políticos de este país y remató el Borbón sin pudor recientemente, no conduce a nada bueno.

Antes, estas cuestiones se medían por la gente en las calles, por los encontronazos, por las publicaciones diarias… Hoy, además de todo eso, el rumor soterrado que nace de las redes sociales demuestra que hay una efervescencia brutal en la población. Hay gente que no tiene criterio, pero opina y afirma. Hay quienes lo tienen pero deforman la realidad, hay quienes sólo amenazan o insultan. Y, sobre todo, hay quienes quieren ver el mal en todo lo que se lee, se oye, se publica, se mira…

Esto último, nos deja a un amplio sector de la población que tan solo querría debatir y proponer con realidades en la mano, con informaciones en la cartera y con datos veraces y contrastados, porque quienes decían representarles apenas son capaces de hacerlo, y de nuevo están pensando en su prestigio de cara a unas elecciones antes que en los deseos y la gobernabilidad de un pueblo.

Tenemos un presidente de gobierno en España, que es bastante incompetente y corto de miras en muchas cosas, pero que no creo que sea un extremista. Se vio en la sesión parlamentaria del día 11 de octubre, en la que apenas miraba nada más que a su papel cuando otras personas intervenían, que pese a los dejes de la derechona que no sabe evitar, hizo varias piruetas y equilibrios delante de su propio grupo parlamentario, que, ese sí, está cargadito de extremistas (y no creo que todos, pero sí una buena parte). Desde el que hizo el comentario sobre Companys, hasta el portavoz, se muestra una jauría incontrolable que recuerda a los que se mostraban en la era del ultra Aznar. Se ha desmandado todo. Un Pablo Iglesias, que no siempre me convence, supo hacer un discurso increíble, que el propio Rajoy supo reconocer soterradamente, porque fue capaz de ponerse en el lugar del presidente de gobierno español y del presidente de la Generalitat a la vez, comprendiendo a ambos en su posición como si fuera ellos: no uno primero y otro después, sino al tiempo. Si alguien es capaz de hacer esto a menudo que lo diga. La representante de En Marea, Yolanda Díaz, tuvo dos minutos gloriosos en los que puso en su lugar a Rajoy y a la Robles, porque ya todo está claro. No trato de hablar de la sesión del congreso, ni de la independencia, ni de estos temas que han tomado posiciones distantes, sino de la situación de nuestra sociedad.

La cuestión, creo, es que nadie aporta datos reales, porque nadie los tiene, pero sí se arrojan trastos que, descontrolados, rebotan por las ventanas a la calle. Allí estamos los demás. Allí, los trastos nos los traen a veces las fuerzas de represión en nombre del gobierno, otras son los residuos de esa derecha ultra que también reside en Génova y en Ciudadanos, que salen a agredir con sus palos, puños de hierro, cuchillos, pistolas… Allí nos sentamos y decimos “¡ay!”.

Eso ya lo he vivido. Eso lo hemos vivido bastante gente. Estoy en ese punto generacional en el que se me va a repetir la historia pero hacia atrás, y no quiero verlo, y no quiero que la gente tenga que verlo, porque será muy terrible si quienes tienen intereses en ello, logran desatar cosas que no podrán controlar. De hecho, ya se han comenzado a desatar.

Cuando dijimos “#Parlem?”, no era una mandanga para que los presuntos representantes se rieran. El pasado sábado, por la plaza de Cibeles, ante el Ayuntamiento de Madrid, circularon muchos provocadores entre la marea de personas de blanco. Nadie tocó a nadie en la manifestación: atravesaban, soltaban sus porquerías y procacidades, y se les gritaba “sin banderas, sin banderas”. Algunos permanecían allí hasta que se cansaban de que no hubiera violencia, y marchaban. Alrededor de la fuente de Cibeles ondeaban las numerosas banderas monárquicas que hay siempre: nadie trató de tocarlo. En serio ¿alguien imagina esto al contrario?

Cuando dijimos “#Hablamos?”, esperábamos un gesto por parte del gobierno de España y un gesto por parte de la Generalitat. También esperábamos la ayuda internacional. Europa, en su conjunto, ha vuelto a traicionar a nuestra población y, por tanto, Europa, en su conjunto, ha vuelto a traicionar a Europa, porque eso ya venía recogido en los libros de historia. El gesto de la Generalitat llegó, y vimos que Puigdemont (sí, “el del pelaso”), seguía siendo más inteligente y caminando por delante del gobierno de España: y eso tampoco se lo perdonarán.

Pero es que, hoy, 12 de octubre, celebración de “ya no sabemos qué” (o que alguien me lo explique en términos democráticos, plurales y de derechos humanos), se ha abierto una puerta a los extremistas con bandera, para que llegue más allá: en el desfile se vuelve a un recorrido que se aproxima a la Avenida del Generalísimo (luego prolongación de Castellana, y luego avenida Castellana), se incluye a la policía nacional tras los sucesos violentos del 1-O (tal vez piensen en remilitarizarlos, como en el régimen franquista), y parece (esto no está confirmado) que el monarca llegó al desfile en el vehículo que utilizaba habitualmente Franco. No voy a detenerme especialmente en esto, porque los símbolos, al final corresponden a los intransigentes, mientras las realidades las manejan los dialogantes.

Y hoy, que era un día muy complicado, la ministra de Defensa, señora Cospedal, declara que “no cree” que el ejército tenga que intervenir ya en Cataluña, pero que estará ahí porque debe defender la unidad del territorio. Eso ya no sólo es leña, eso es veneno hacia las fuerzas armadas: muchas gracias ministra Cospedal, si hay consecuencias ya sabe la ministra lo que ha hecho.

Estamos a comienzos del otoño, y en menos de seis semanas, los que estaban amagados desde la ultraderecha, saldrán de nuevo a celebrar a Franco y a José Antonio. Salvo que ahora ya están en las calles.

Están en las calles y en las redes sociales, porque el estúpido problema de la equidistancia, entendida como ecuanimidad o equilibrio, no produce balance alguno, sino que provoca consecuencias terribles: asumir que cualquiera puede decir o hacer lo que sea con un “viva el rey”, o un “viva la policía”, o un “viva España”, es una barbaridad. Quienes nos hemos manifestado estos días (y toda una vida), conocemos el pulso de la calle, y ha vuelto a ser habitual ver a la policía defendiendo a grupos extremistas provocadores en medio de manifestaciones pacíficas, mientras aquellos jalean a los propios agentes. Hemos visto cómo tras permitirles agresiones, la policía remata la faena contra las propias víctimas. Hemos visto y vemos horrores, porque ahora todos están en las redes sociales, y ni los medios de comunicación manipulados pueden esconderlos.

Saber lo que hay da bastante miedo, pero también mucho pudor, porque ya no hay ni un mínimo de formas. Saber que llegan mensajes que traducen aquel “¡A por ellos!”, en que vienen a por las personas que siempre fuimos demócratas, y que lleguen incluso por medio de los mensajes de whatsapp, o que se escuchen abiertamente por la calle, es algo tremendo. Y lo más tremendo es que, con y sin esta constitución, a favor o en contra de lo que hay legislado, nosotr@s siempre fuimos l@s auténti@s demócratas, quienes no escondían su parecer, aunque lo dijeran con miedo y reparo, quienes reclamábamos en las calles tantas cosas que hoy son realidad, quienes tuvimos que exigir palmo a palmo de la calle, lo que nuestros propios gobiernos nos negaban. Eso, señores del poder, es hoy patrimonio de la población: lo que la propia población ha luchado. Eso, compañeros y compañeras, es lo que tanta gente ha peleado con su esfuerzo, con vidas completas entregadas, dejando prebendas propias en favor del beneficio común: eso es lo contrario del sistema parlamentario precisamente. Pero como no se trata de derrocar nada hoy o mañana, ni de emprender vuelos que aún no tienen alas suficientes, lo que sí estamos en condición de exigir es una paz que no parece que esté cercana, un diálogo que tendrían que haber planteado quienes parlamentan, los parlamentarios, y el derecho a que los pueblos decidan, a favor de que más adelante podamos organizarnos en común, defender la verdadera democracia del tipo que sea, y la unión entorno a valores ciudadanos.

Yo no quiero ver ni en pintura a este presidente, ni a sus dos mosqueteros de los partidos colaterales, pero es lo que hay y con ello hay que caminar. Y la realidad es que en un país como Colombia se ha conseguido la paz entre grupos guerrilleros y el Estado, con una mediación internacional, aquello que parecía imposible e irreconciliable con Uribe, llegó con la posterior mediación. Aquí no tenemos grupos guerrilleros que peleen desde hace décadas, así que una mediación debería ser bastante más fácil. La cuestión es sencilla: si ustedes presidentes/diputados no pueden o no saben, hay profesionales que encuentran vías para tratar. No quiero un país en ruinas, prefiero un arreglo a una guerra. No me gustan las fronteras, pero prefiero una separación a un sometimiento brutal como el que parece preconizar el uso de la fuerza. En el fondo, aprecio a mis vecin@s/conciudadan@s, aunque no siempre, ya sean del pueblo catalán, de cualquier nacionalidad o de mi barrio, porque soy internacionalista y no creo en fronteras, así que no deseo lo que algunos sí quieren ver. Decidan ustedes cómo hablar, nosotros, pueblo, sancionaremos o no.

Entre tanto, seamos realistas, todo eso lo han destruido ustedes solitos, lo hipotecaron y se fue con la burbuja. Hoy algunos vitorean desde el entorno de calles violentas y banderas, pero también desde dentro del sistema. ¿Alguien será capaz de parar esta escalada? Al menos, que en las calles no arda el diálogo, porque esa es la última esperanza.

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