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Música y mal: una conversación acerca de lo importante - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

Atreverse a “dialogar” con Bach, con Wagner, con Schubert, o con Strauss, por ejemplo, requiere de una actitud francamente extravagante y de una inusual pasión por el riesgo kamikaze, por el alejamiento de la banalidad y la voluntad de acercarse a lo sublime, al teatro que merece la pena y que debiera justificar tantas cosas valiosas. Tal vez por ello, el cartel que anuncia Música y Mal evoca el famoso cuadro de Friedrich, tan comentado posteriormente para explicar varios siglos de la experiencia estética de la modernidad.

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Música y mal: una conversación acerca de lo importante

Lo bello y lo siniestro

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Música y mal
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Música y mal

Partitura para la obra de Lola Blasco y Alexis Delgado. Foto: cortesía de Lola Blasco.

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Una imagen de Lola Blasco con Alexis Delgado. Foto: cortesía de Lola Blasco.

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Julio Checa – La República Cultural

Probablemente, un teatro en el que se reivindica la condición del kamikaze sea el lugar más adecuado para proponer un trabajo como el que ofrece la dramaturga Lola Blasco (Premio Nacional de Literatura dramática 2016), autora de alguno de los textos más interesantes de la dramaturgia española contemporánea. En esta ocasión, merece la pena acercarse a ver este trabajo de Blasco, porque supone un nuevo ejercicio de riesgo de la autora, en el que plantea un diálogo inteligente con algunos de los compositores y escritores más emblemáticos del canon occidental, y con otros que han ido quedando progresivamente fuera del mismo. Atreverse a “dialogar” con Bach, con Wagner, con Schubert, o con Strauss, por ejemplo, requiere de una actitud francamente extravagante y de una inusual pasión por el riesgo kamikaze, por el alejamiento de la banalidad y la voluntad de acercarse a lo sublime, al teatro que merece la pena y que debiera justificar tantas cosas valiosas. Tal vez por ello, el cartel que anuncia Música y mal evoca el famoso cuadro de Friedrich, tan comentado posteriormente para explicar varios siglos de la experiencia estética de la modernidad.

Aunque el espectáculo se anuncia como concierto, es verdad, pero lo que se ofrece es teatro, buen teatro, que yo denominaría aquí más bien como una conversación sobre lo importante, sobre la necesidad de discernir el bien del mal y su expresión artística. Toda propuesta estética conlleva una postura ética y es en esa tensión donde se plantean los límites de la representación y donde se resuelve de qué modo los procesos de la sustitución propician o impiden los de la restitución. Es evidente que las fronteras, percibidas desde la conciencia de lo sublime, se evidencian y se difuminan constantemente, igual que lo hacen nuestras respuestas a los auténticos dilemas morales y a otras preguntas que el trabajo de Blasco nos formula: ¿cómo y qué significa representar el daño? ¿Cuál es la posición del artista? ¿Qué es antes, la música o la palabra?, etc.

Si atreverse a proponer un reflexión de esta naturaleza en un teatro en Madrid tiene su riesgo evidente -véase la cartelera-, asumir la condición dialéctica de la polifonía que la vertebra no allana precisamente el camino, sobre todo si por él transitan las voces de compositores como Richard Wagner (Preludio de Tristán); Carlo Gesualdo (Moro Lasso); Richard Strauss (Morgen); Johann Sebastian Bach. (BWV 988. Aria; BWV 1079 Canon Cangrejo); Franz Peter Schubert (La muerte y la doncella); Robert Schumann (Escenas infantiles); Claude Debussy (Claro de luna); Erwin Schullhoff (Sonata Erótica); Anton Webern (Variaciones op.27), y Olivier Messiaen (Loa a la eternidad de Jesús), magníficamente ofrecidas por Alexis Delgado. Hay que tener una profunda fe en lo que se hace para atreverse a medirse, a conversar, con esas voces y a convocar a otras, como las de F. Nietzsche o S. Zweig, quienes participaron muy directamente de ese diálogo sobre el bien y el mal y conocieron de cerca la experiencia que lo provoca, voces que todavía resuenan, como nos pone de manifiesto la obra de Lola Blasco.

Como ha sido constante a lo largo de su trayectoria, el trabajo de Blasco arranca de la honestidad, del rigor que exige una palabra teatral potente, expresiva y llena de resonancias, en la que, una vez más, la propia autora se expone voluntaria, o inevitablemente, en un lugar de vértigo, cuya única protección reside en una confianza absoluta y en un amor irrenunciable por un teatro concebido como espacio de experiencia vital y artística que no admita el simulacro, ni se permita renunciar al riesgo. Tal vez por eso mismo, se trata de una de esas autoras a las que los responsables de los teatros públicos consideran que es preferible no programar, haciendo gala, una vez más, de su perspicacia y fino olfato para reconocer lo que merece y no merece la pena acoger en sus salas. No está de más considerar que este nuevo trabajo de Blasco que se ofrece durante estos días en el teatro Pavón Kamikaze, coincide en la cartelera con el de creadores como J. Domínguez, R. García o A. Liddell, tan poco habituales también en esos mismos espacios de titularidad y presumible interés público, y puede resultar un ejercicio muy esclarecedor repasar las trayectorias de estos artistas, y de algunos otros (ya hemos escrito aquí sobre La Zaranda, entre otros), y su relación anómala con el sistema cultural español -sea lo que sea esa cosa-, para tomarle el pulso a la realidad de la propia escena española contemporánea, y a los gestores responsables de la misma, a menudo eficaces artífices de lo excéntrico.

DATOS RELACIONADOS

Texto: Lola Blasco
Piano: Alexis Delgado
Selección musical y arreglos: Manuel Bocos
Diseño de Iluminación: Paco Ariza
Vestuario: Ana Rodrigo

Programa:

Richard Wagner: Preludio de Tristán.
Carlo Gesualdo: Moro Lasso.
Richard Strauss: Morgen.
Johann Sebastian Bach: BWV 988. Aria; BWV 1079 Canon Cangrejo.
Franz Peter Schubert: La muerte y la doncella.
Robert Schumann: Escenas infantiles. (Selección)
Claude Debussy: Claro de luna.
Erwin Schullhoff: Sonata Erótica.
Anton Webern: Variaciones op.27 (Fragmento)
Olivier Messiaen: Loa a la eternidad de Jesús.

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