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¿Fue primero el fraude o el Estado? - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

Cuando leo un artículo de opinión en un periódico afirmando que es preciso abandonar esa línea de persecución del fraude de cualquier gobierno (el que sea), comprendo que hay un interés del que no nos damos cuenta: quien lo escribe fuerza una opinión en contra, es decir, hace exactamente lo mismo que quienes denuncian ese fraude, pero al contrario, lo que descalifica el sentido de su “basta ya”.

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¿Fue primero el fraude o el Estado?

El argumento de este teatro parece llevar a la ocultación de la realidad

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Cuando todo parece fraude.

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Cuando todo parece fraude.

Julio Castro – La República Cultural

Esta mañana me decía una amiga que ya es suficiente lo que se ha dedicado en los medios a hablar de los fraudes del gobierno actual, y que a partir de ahora sólo atendería a lo que le parece importante y que afecta a nuestros problemas diarios, a los de la gente. Por un momento coincidí con ella, porque es bien cierto que se están enmascarando las cuestiones profundas, forzando a este gobierno transitorio a eso: a transitar sin hacer nada. Pero algo más tarde he profundizado algo más en mi opinión, y a la vista de un artículo que otra amiga comparte en redes sociales, me doy cuenta de que quizá sea una completa equivocación entrar todo el mundo ahora a la ola de “háblame de otro tema”, así que, como creo que es necesario reflexionar y opinar sobre ello, voy a exponer mis criterios al respecto.

Cuando leo un artículo de opinión en un periódico afirmando que es preciso abandonar esa línea de persecución del fraude de cualquier gobierno (el que sea), comprendo que hay un interés del que no nos damos cuenta: quien lo escribe fuerza una opinión en contra, es decir, hace exactamente lo mismo que quienes denuncian ese fraude, pero al contrario, lo que descalifica el sentido de su “basta ya”.

Vaya por delante que ayer, otra amiga, compartía una foto con la concentración que trabajadoras y trabajadores de los teatros han llevado a cabo para protestar por sus condiciones laborales en diversos lugares, sin contar nunca con un convenio colectivo ni, por lo tanto, con derechos mínimos equiparables al resto. Este puede ser un buen ejemplo de partida, como también lo es que otra amiga más ande encabronada (con razón), con el fraude que supone la famosa ANECA en las universidades, que ha supuesto una carga para docentes y una caída de la calidad para las enseñanzas y, en definitiva, para el alumnado.

Así que, volviendo al tema de la corrupción y, pensando en esos y otros ejemplos infinitos, no opino igual, no puedo, porque me parece que si se demuestra (y se va demostrando) que la corrupción y el fraude son situaciones generalizadas, no podemos ni debemos asumirlo de esta forma y desviar el foco de atención a otras cuestiones.

Y no lo creo así porque, en primer lugar, eso es el síntoma de que la sociedad está corrupta desde el propio poder (fáctico y real), y que así se viene trasladando desde arriba hacia abajo desde hace 80 años, a fin de justificarse quienes lo perpetran a manos llenas, porque lo tienen a su alcance. La vieja y consabida cantinela de “tú también lo harías si pudieses” siempre, desde la adolescencia, recuerdo que me dio un asco terrible: me enseñaron que no sé hacia así, esa buena (o mala) suerte tuve.

Pero es que, en segundo lugar, se evidencia que la situación de pobreza, paro, atraso social, diferencias, escaseces y crisis económicas que los ahogan desde siempre, no son más que el fruto de lo que se permite, favorece y potencia desde el sistema de corrupción reinante (y lo de reinante, efectivamente, no es inocente). Las cloacas, desde hace mucho tiempo, no son del Estado, sino que conforman su propia estructura. De ella se alimentan y nos vierten los residuos. No se libra ninguno de sus poderes, porque están creados piramidalmente, de la cúpula a la base, como los grandes fraudes comerciales, y eso, claramente, obedece a la propia configuración, nuevamente, de nuestro Estado, y a lo que ha decidido el propio poder corrupto desde su organización, poder con el que consentimos y tragamos. Y eso me lleva a pensar si este Estado se construyó para estabilizar la sociedad evitando los fraudes y abusos, o bien fueron los fraudes y abusos los que construyeron este Estado para limitar los apellidos de quienes los cometen. Llegados al resultado me es indiferente, pero la cuestión es importante, porque señala la necesidad de vigilar, denunciar y mantener nuestros mecanismos de defensa desde la ciudadanía.

Decir “vamos a dejarlo” significa asumir que todo vale, que la impotencia frente a la apisonadora nos venció, y que donde hay patrón se merienda al marinero. La solución, más bien, sería no parar hasta reventar su podrida estructura y ver el derrumbe natural. Pero no siendo forofo de la destrucción, me decanto por la creación de un muevo sistema de Estado, que, partiendo de la educación en la honestidad y la intransigencia con la corrupción, crezca paralelamente, formado en la igualdad y en los derechos básicos, hasta alcanzar los pies del actual y cercenarlos: esa sería su caída o nuestro derribo.

Y eso es lo que construíamos en 15M, lo que quisimos trasladar a las plazas. Y tanto es así y, y así lo saben, que hoy, en el parlamento, los mismos capos de la corrupción han propuesto una iniciativa que supone penas de cárcel para quienes quieran cambiar por fuera del sistema. No para quienes roban y extorsionan, sino para quienes quieren mejorar, cambiar mediante consultas. No, no fue por Catalunya, sino contra la posible rebeldía de las calles, por lo que comienzan a reforzar su búnker, levar puentes y cerrar cancelas. Y no me importa tanto quedar fuera, como que los cañones ya estén cargados. Pero si esa nueva iniciativa suya prospera, pronto los ayuntamientos como el de Madrid no podrán consultar a sus ciudadanos las mejoras, o los vecinos de Vallecas preguntar si queremos una república, o los de Chamberí si queremos que la gestión del Canal de Isabel II sea pública y sus instalaciones también.

Están dispuestos a callarnos, y están decididos porque se les ha descabalgado de una parte del poder con la denuncia de lo más sensible: sus mentiras sistemáticas y sus fraudes, y al caer el telón, se ve que todos tenían fajos de billetes en las manos, lo cual, evidentemente, anula su credibilidad y tira de todas las mantas. Ahora estamos con la manta del criminal Villarejo, que tiene basura de todos ellos, pero imaginad que la manta de Amedo y Domínguez despertara del GAL y el Señor X cayera, o las del Batallón Vasco Español, que podrían derribar la tan digna y limpia transición de Suárez. Por no hablar de aquel 23F que mucha gente aún recordamos y tememos. Pero son asuntos a afrontar, y enfrentarse al poder, como hacen ahora trabajador@s del teatro silenciados durante toda una vida, o docentes universitarios que acabaron por callar por agotamiento cuando entre los ’80 y ’90 denunciábamos lo que se nos venía encima con los planes de estudio, que ahora se enfrentan a las consecuencias. No, todos los fraudes no son iguales, porque unos afectan a la base de la vida y otros a la merma de lo que la sustenta, pero la pátina que deja en nuestra sociedad extiende la normalización de su existencia en cualquier aspecto.

Es cierto: la sanidad pública es un servicio básico, porque nos cura y nos salva la vida, para luego caer en un sistema catatónico en el que vivimos amargamente entre la alucinación del fútbol y la tertulia, mientras el corazón llora ese diario robo del alma. Que ese es el mayor fraude: el robo del alma.

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