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Un #metoo divergente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

Cuando se produce una revolución hay cosas que cambian definitivamente. Estamos en plena revolución feminista, así que ya nada volverá a ser como era. No obstante, hasta que el tótum revolútum ideológico repose y deje en evidencia cuál será la nueva manera de relacionarnos, el aprendizaje es permanente. Dejamos atrás un paradigma social que ya rechazamos de plano, pero estamos aún buscando cómo adaptarnos al nuevo modelo. Nada está escrito, nadie nos va a facilitar la ubicación correcta. No hay fórmulas magistrales. Aprenderemos el camino mientras lo recorremos.

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Un #metoo divergente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL)

Reflexiones sobre el patriarcado, la violencia y las nuevas propuestas feministas

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En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL)
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En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL)

Laura Restrepo y António Lobo Antunes en la FIL 2018. Foto: Inma Luna.

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En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL)

Participantes en la mesa de diálogo sobre #metoo en la FIL 2018. Foto: Inma Luna.

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Inma Luna – La República Cultural

Cuando se produce una revolución hay cosas que cambian definitivamente. Estamos en plena revolución feminista, así que ya nada volverá a ser como era. No obstante, hasta que el tótum revolútum ideológico repose y deje en evidencia cuál será la nueva manera de relacionarnos, el aprendizaje es permanente. Dejamos atrás un paradigma social que ya rechazamos de plano, pero estamos aún buscando cómo adaptarnos al nuevo modelo. Nada está escrito, nadie nos va a facilitar la ubicación correcta. No hay fórmulas magistrales. Aprenderemos el camino mientras lo recorremos.

Cuando estuve en la FIL casi por casualidad entré el salón en el que se celebraba una mesa redonda sobre el movimiento #metoo. Digo que fue por causalidad porque el tema, por todo lo que ya había leído y escuchado al respecto, me daba cierta pereza. Dos cosas me animaron a curiosear: lo abarrotado de la sala, llena de mujeres y hombres de todas las edades; y la participación de la periodista Lydia Cacho, a quien tenía muchas ganas de escuchar en persona.

Resultó placentero, por lo raro, encontrarme con un debate sosegado y divergente. Es frecuente que en este tipo de propuestas las opiniones de las mujeres participantes sea bastante homogénea. Agradecí que esta vez no fuera así porque sus voces resonaban en mi cabeza del mismo modo que lo hacen el ángel y el diablo feministas que habitan en mi conciencia sin ponerse jamás de acuerdo.

Nada más empezar el acto entro en shock. La responsable, la actriz Victoria Abril. Cuando el presidente del patronato de la FIL, en la presentación, le da las gracias por su asistencia ella responde pizpireta: “las que tú tienes, tesoro, y ahora no me vayas a denunciar por acoso”. Se escucha una risa enrarecida en la sala y mi angelito feminista le lanza un improperio silencioso. ¿Pero esta de que va?, dice, más o menos.

No me imaginaba que ese iba a ser el tono general de su intervención: la aseveración de que nunca, en sus 45 años de profesión, había sido víctima de ningún tipo de acoso, la negativa a los postulados de las que denominaba “feministas radicales” y otros planteamientos del tipo “no todos los hombres son unos cerdos”, “se está criminalizando la seducción” o “no por tener pene se es culpable”. También defendió al director de cine, Carlos Saura, que en la Gala de los Goya soltó la perla: “Pues nada, estoy aquí muy emocionado de estar con esta chica tan guapa”, refiriéndose a Penélope Cruz.

Voy a hacer aquí un inciso. Me hace mucha gracia esto de que se critique el “feminismo radical”. ¿Quiénes son (somos) las feministas radicales? ¿las que luchamos por la igualdad (radical) de derechos entre hombres y mujeres? Ejem, vale pues.

Sigamos ahora con lo de Carlos Saura. Tiene razón Victoria Abril cuando dice que no es igual una violación que un piropo. No sé si alguien ha sostenido eso. El piropo (hasta la palabra suena ya rancia, dice mi angelito feminista) es, sin duda, una costumbre machista. Machista, sin embargo, no quiere decir “culpa de los hombres” sino “responsabilidad de una cultura patriarcal en la que hemos sido educados así: ellos para opinar sobre nuestra apariencia física y nosotras para sentirnos halagadas o agradecidas por ello”. Dicho esto, no pasa nada porque nos llamemos guapas o guapos, lo determinante aquí es el marco, el contexto en el que expresamos estos supuestos cumplidos físicos.

Precisamente, un par de días antes de esta mesa redonda, también en la FIL, tuvo lugar una charla entre la escritora colombiana Laura Restrepo y el portugués António Lobo Antunes. Restrepo comenzó hablando de la primera mujer sapiens y de cómo los científicos le hablaron de su diferencia con los homos anteriores por una especie de chispa cerebral que le dio consciencia de su mortalidad. Siguiendo este argumento explicó que a los personajes Lobo Antunes les ocurría lo mismo, están tan vivos en sus novelas porque saben que van a morir. Es un excelente punto de partida para una charla literaria. Sin embargo, el escritor portugués no recogió el guante y comenzó su intervención explicando que hace diez años le llamaron para decirle que le habían otorgado un premio en México y que él preguntó “¿cuánto?” Añadió que sólo ahora se sentía pagado al tener al lado a Laura Restrepo, de quien afirmaba: “Es una gran escritora y, además, una señora muy guapa y yo siento debilidad por las señoras guapas”. Regocijo general del público y sonrisa cortés de la escritora.

A esto me refiero, Penélope Cruz está en los Goya en su condición de actriz, Laura Restrepo está sentada en esa mesa de la FIL en su condición de escritora. En esos dos momentos no son mujeres guapas, no están ahí por eso y no es necesario continuar manteniendo esos tópicos. Nosotras no los necesitamos y nos sitúan en una posición de inferioridad frente a los varones que tenemos al lado y de los que esperamos que en esos contextos (¡en todos!, apunta mi angelito) nos traten como a iguales.

Volviendo a la mesa del #metoo, sigo flipando con Victoria Abril que ahora afirma que hay quienes no saben o no quieren distinguir entre la violación, que es un crimen, el acoso, que es un delito y la zona gris o lo que podrían ser simples comportamientos inadecuados. Mi diablillo feminista me reconviene: no flipes tanto y no te escandalices porque tú piensas cosas parecidas. “¿Yo?”, protesto, “pero ¿qué dices? ¡si yo soy una feminista radical!” Ya, pues sí, tengo que dar la razón al diablillo porque a mí también me espantó en su momento la victimización del #metoo; yo también pienso que no todos los hombres son unos cerdos y que el pene no puede ser visto únicamente como un instrumento de violación. Además, mantengo que muchas mujeres han (“¡hemos!”, dice el personajillo infernal de mi conciencia) utilizado nuestro cuerpo para beneficiarnos de determinadas cosas. ¡Pues claro! Nosotras también formamos parte del engranaje machista que nos ha conducido hasta aquí. Pero (viene al rescate mi angelito) también estoy convencida de que este tipo de comportamientos no son saludables y que, aunque una violación no es la consecuencia inmediata de un piropo, sí es esa valoración permanente de nuestro físico el germen de una relación desigual e hipersexualizada en la que las mujeres terminamos en muchos casos convirtiéndonos en víctimas de la violencia masculina.

Lydia Cacho, periodista y activista, habla con un ritmo y una contundencia de percusión. Cada una de sus frases es aplaudida con entusiasmo por el alado querubín de mi feminismo, desde sus alusiones al capitalismo que tanto se ha beneficiado de la mercancía en que se han convertido nuestros cuerpos hasta la puesta en evidencia de que el “a mí no me ha pasado” se convierta en un “a mí no me incumbe”. Las mujeres queremos sexo, dice Lydia Cacho con su voz de tambor, pero no a cambio de trabajo, poder o dinero. Aplaudo. Quiero leer su nuevo libro, Ellos hablan, testimonios de hombres acerca de cómo se construyó su masculinidad a través de una educación patriarcal y su vinculación con la violencia. Evidentemente no se puede hablar de zonas grises en un país como el suyo, México, donde las cifras hablan de nueve mujeres asesinadas cada día. Una violencia tan brutal (sin olvidar las cifras espeluznantes de El Salvador, Honduras, Sudáfrica, Guatemala…) no admite medias tintas.

Es obligado preguntarnos qué correspondencia existe entre la cultura del patriarcado y la violencia, por eso no está de más plantearnos si el tipo de relaciones que hemos mantenido hasta ahora los hombres y las mujeres alimentan estos comportamientos. La socióloga inglesa Catherine Hakim, planteaba en el debate que el movimiento #metoo ha presentado a las mujeres como víctimas. He de reconocer, como adelantaba al comienzo, que yo también he tenido esta impresión. No me gusta el sesgo de infantilización de la mujer que se produce en este tipo de asuntos porque puede convertirse en una trampa para nosotras. Se plantean las situaciones como si fuésemos incapaces de negarnos con firmeza a determinadas propuestas. Claro que creo que Laura Restrepo o Penélope Cruz deberían haber dejado en evidencia a sus compañeros en los casos que he señalado y sé que yo también podrían haber parado los pies a más de uno en situaciones parecidas y que no lo he hecho, que no lo hemos hecho, que aún muchas veces no lo hacemos. ¿Eso nos convierte en culpables? No. En absoluto. Las mujeres, como también determinó Lydia Cacho, hemos sido educadas para ser sometidas al machismo. Del mismo modo considero es que esa cultura que hemos asimilado y en la que todavía estamos inmersas nos ha hecho admitir muchos episodios como normales, aunque no lo fueran, y que ahora estamos despertando y es el momento oportuno de levantar la voz y de ocupar nuestro espacio a todos los niveles. Hay que dejar a un lado la cortesía, las actitudes complacientes, porque no se puede exigir buena educación en aquello que es fruto de una mala educación.

Decía también Hakim que los hombres están desconcertados y que necesitan la ayuda de las mujeres para lidiar con esta situación. En fin, no creo que sea tan complicado tratar a otro ser humano como ser humano, no hay mucha ciencia en eso. Así mismo, en opinión de la socióloga, para ellos es más importante el sexo que para nosotras y por eso están dispuestos a mucho más por conseguirlo. Opino que estas explicaciones de carácter biologicista están más que superadas; otra cosa es que, de nuevo, la cultura haya marcado la sexualidad con esos caracteres de género en los que el macho es un ser en busca permanente de satisfacción sexual y la hembra el objeto pasivo de su apetito.

En definitiva, con pluralidad de pensamiento, lejos de actitudes puritanas, lejos de condenas generalizadas y, sobre todo, lejos de dogmas, es tarea de mujeres y hombres reflexionar sobre nuevas fórmulas de relación basadas en el respeto mutuo y la igualdad. Pero mientras llevamos a cabo esta tarea (mientras mi angelito y mi diablillo feministas van alcanzando acuerdos) es imprescindible terminar con la impunidad frente a todo tipo de violencia contra las mujeres y, por si fuera poca tarea, nos toca también vigilar con los ojos muy abiertos al monstruo capitalista que seguirá queriendo sacar su rédito al cuerpo/mercancía en que nos ha convertido.

Por cierto, Victoria Abril, cuando dices que un carpintero os metía mano a tu hermana y a ti cuando tenías 13 años, hablas de algo terrible, un abuso que experimentan millones de niñas y que no, no es una cosa normal.

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