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ISSN 2174 - 4092

Chéjov vivaz y teatro joven en La ruleta rusa - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

Tal y como la compañía, el director y el autor del texto, exponen en su planteamiento, el trabajo que podemos ver en La ruleta Rusa, es posible ver a Chéjov, pero a un Chéjov que rebosa una energía diferente y una juventud, que en sus trabajos más tardíos no es posible captar. Gracias al trabajo de reescritura de Enric Benavent, y al de reinterpretación de Luis Bermejo y de la compañía Teatro El Zurdo para su puesta en escena, es posible captar a otro personaje menos atormentado, más divertido, muchísimo más incisivo y, desde luego, absolutamente terreno,… diría que todo terreno. Porque a través de pequeñas historias, este trabajo teatral consigue acercar al público, unas cuestiones que son de vivencia común, pero que no dejan de trascender a las persona, para tocar a la sociedad, a las instituciones, a los “oficialistas” de la vida, recreando el pequeño espacio de cada cual, ya sea como individuos o como colectivo. Mientras la bella Verónica (Mónica Monferrer), te recibe con su bella y amplia sonrisa, mientras se preocupa por tu comodidad y te ofrece unos merengues para comenzar el espectáculo (aunque yo no hiciera, recomiendo que los prueben), se acerca frívolamente a cada persona de las que acompaña y volverá a ell@s una y otra vez para intercambiar información. Entre tanto, Irma (Paloma Mozo), pasea con otra bandeja de apetitosos pasteles, insistiendo atormentada en que ella no sabe qué hace allí, porque en realidad lo suyo es la tragedia, no la comedia… y cuanto más trágica, más cómica. Tino Martínez saluda amablemente en varios idiomas a lo lejos, y Fernando Otero coloca elementos en el escenario. Markos Marín, que no deja de hacer que interpreta una y otra pieza en una pianola, hará de narrador cuando comience el espectáculo, de forma que conecta un trabajo con el siguiente, o le permite cambiar los finales de cada historia a su gusto… o al de quienes le protesten.

Chéjov vivaz y teatro joven en La ruleta rusa

Un enorme trabajo de Teatro El Zurdo a partir de relatos humorísticos

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La ruleta rusa
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La ruleta rusa

Fernando Otero será el marido engañado por su esposa (Mónica Monferrer).
Foto: Daniel Alonso. Cortesía del CDN.

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La ruleta rusa

La Señora Popova (Paloma Mozo) es la viuda inconsolada, acosada por Gregorio Smirnoff (Fernando Otero) debido a una deuda…
Foto: Daniel Alonso. Cortesía del CDN.

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DATOS RELACIONADOS

Autor: Enric Benavent (a partir de relatos humorísticos de Anton Chéjov)
Dirección: Luis Bermejo
Intpérpretes: Markos Marín, Tino Martínez, Mónica Monferrer, Paloma Mozo, Fernando Otero
Escenografía y vestuario: Mónica Boromello
Ayudantes de dirección: David Luque, Luis Crespo
Composición musical: Walter Lusarreta
Iluminación: Eduardo Vizuete
Producción ejecutiva: Luis Crespo
Auxiliares de producción: Aida Villar, Alessio Meloni
Producción: Producciones El Zurdo SL

Julio Castro – La República Cultural

Tal y como la compañía, el director y el autor del texto, exponen en su planteamiento, el trabajo que podemos ver en La ruleta Rusa, es posible ver a Chéjov, pero a un Chéjov que rebosa una energía diferente y una juventud, que en sus trabajos más tardíos no es posible captar. Gracias al trabajo de reescritura de Enric Benavent, y al de reinterpretación de Luis Bermejo y de la compañía Teatro El Zurdo para su puesta en escena, es posible captar a otro personaje menos atormentado, más divertido, muchísimo más incisivo y, desde luego, absolutamente terreno,… diría que todo terreno. Porque a través de pequeñas historias, este trabajo teatral consigue acercar al público, unas cuestiones que son de vivencia común, pero que no dejan de trascender a las persona, para tocar a la sociedad, a las instituciones, a los “oficialistas” de la vida, recreando el pequeño espacio de cada cual, ya sea como individuos o como colectivo.

Mientras la bella Verónica (Mónica Monferrer), te recibe con su bella y amplia sonrisa, mientras se preocupa por tu comodidad y te ofrece unos merengues para comenzar el espectáculo (aunque yo no hiciera, recomiendo que los prueben), se acerca frívolamente a cada persona de las que acompaña y volverá a ell@s una y otra vez para intercambiar información. Entre tanto, Irma (Paloma Mozo), pasea con otra bandeja de apetitosos pasteles, insistiendo atormentada en que ella no sabe qué hace allí, porque en realidad lo suyo es la tragedia, no la comedia… y cuanto más trágica, más cómica. Tino Martínez saluda amablemente en varios idiomas a lo lejos, y Fernando Otero coloca elementos en el escenario. Markos Marín, que no deja de hacer que interpreta una y otra pieza en una pianola, hará de narrador cuando comience el espectáculo, de forma que conecta un trabajo con el siguiente, o le permite cambiar los finales de cada historia a su gusto… o al de quienes le protesten.

Actrices y actores se salen continuamente de su papel y de su espacio, interactúan con los espectadores, pero no como en una comedia barata sacada de la tele, sino de forma inteligente, con un humor compartido, un guiño hacia los comensales invitados (ah, también habrá cacahuetes). La crítica social se deja caer en cada instante, sin necesidad de descarrilar de su eje cada historia que se narra, como un todo vital que podría ser el de cualquier desgraciado o desgraciada de este entorno nuestro. Lo único que podría ser raro son los finales, así que, para no amargar el dulce, imaginen que a cada uno de nosotr@s, tras cada desgracia nos toca la lotería ¿y por qué no? es tan plausible como los finales felices de las películas Hollywood.

La sala pequeña del Teatro María Guerrero es un lugar con encanto, y creo que se infrautiliza habitualmente su espacio, porque la dificultad añadida es la de no ofrecer un teatro a la italiana, sino con las butacas alrededor del escenario. El efecto es mucho más cercano, se aproxima a otras salas pequeñas de Madrid, pero exige un mayor esfuerzo a las compañías, de manera que no se pierda el efecto, ni se limite a trasladar lo plano a tres dimensiones, sino que se recree en el volumen adecuado que no deje fuera a los espectadores. Precisamente, esta obra de Teatro El Zurdo acierta en la cercanía y en la dimensión, y esto supone un logro más en el montaje.

En cualquier caso, se trata de un trabajo muy bien elaborado y es de aquellos que no hay que perderse, porque corren el riesgo de pasar por los escenarios como si nada. Confío en que siga pasando por los lugares más pequeños, que permitan la proximidad público-compañía, porque el tinte continuo que empapa a ambas partes, es uno de los secretos del resultado (cuando se hace bien).


Sinopsis

El empleado de parques y jardines Cherdiakof no puede dormir pues teme haber molestado a su jefe tras haberle estornudado en la nuca… Julia, de carácter pusilánime, no tiene claro su sueldo y su señora se aprovecha… el señor Smirnof necesita imperiosamente cobrar una deuda a la viuda señora Popova… Enric Benavent ensambla diversas historias a partir de dos piezas cortas y unos relatos humorísticos de Chéjov, donde los personajes defienden sus deseos pese a que la vida y sus circunstancias se ceban con ellos. Sus personalidades no ayudan, y hacen que cada situación vaya al límite, alcanzando la locura y, por supuesto, la comedia. Los roles sociales y los conflictos son tan variados como universales, por lo que nos encontramos en cada escena con situaciones muy cotidianas: relaciones empleado‐jefe, riñas de vecinos o abusos de poder. La presencia del narrador y la música son los hilos conductores de este montaje.

La idea de la que se partió, para dar sentido unitario a lo que desde un principio no era más que un rompecabezas, fue la de llevar al escenario la magnanimidad, la inmensa comprensión que el autor mostraba por sus personajes; de esa bondad surgió la idea de premiar a aquellos pobres nuestros, tan tiernos como mezquinos, con todo tipo de loberías y juegos de azar.

Sin trastocar en absoluto ninguno de los finales de Chéjov, les iba añadiendo otros –evidentemente ilusorios– que iba configurando al narrador, ese músico seductor, seducido, que es el único de los veintitantos personajes que aparecen en escena al que no le importa el dinero, y que, quizá por eso, está dispuesto a regalarlo a manos llenas.

El punto al que se llega es la Patagonia, lugar en el que finalmente acaba la función. En La ruleta rusa hay labor de dramaturgo; es decir, manipulación de materiales ajenos, acomodación de personajes al reparto predeterminado, añadido de ingenios, chistes, palabras y todo tipo de elementos que puedan facilitar el ritmo escénico y la cercanía de lo expuesto al público receptor.

Anton Chéjov, Antosha Chejonte y La ruleta rusa

Enric Benavent

Antes de ser el Anton Chéjov que conocemos, Anton Chéjov había sido otro en su juventud, Antosha Chejonte. Lo había sido hasta el 1884, año crucial en su vida en que: 1º) acabó su carrera de medicina; 2º) decidió que quería dedicarse al oficio de escribir y firmar con su nombre de pila; y 3) descubrió que estaba tuberculoso y que el tiempo le acuciaba. En los veinte años que la enfermedad le permitió vivir (y malvivir) escribió rápido y certero más de mil cuentos, cinco grandes obras de teatro y unas cuantas piezas dramáticas menores –o sea, más cortas–. Producción tan fecunda, y tan intensa, aplastó con su sobrepeso la obra anterior, hasta casi el punto de anularla. Esa obra juvenil, escrita con el objetivo de ganarse la vida de estudiante y de contribuir al bienestar familiar (su familia dependía de él), fue publicada en revistas de poca monta, y más tarde drásticamente eliminada de sus Obras Completas o considerada en el mejor de los casos, por él mismo y por su protector Leon Tolstoi, como obra de segunda.

Sin embargo algunos de esos vigorosos y delirantes cuentos, esbozos, sátiras y diálogos humorísticos, habían dado por mérito propio el salto desde el papel de periódico al tablado del escenario. El autor confesó que había visto, con gran satisfacción, cómo muchos de ellos eran adaptados por compañías de vodevil, para ser representados como cuadros independientes en espectáculos que ahora consideraríamos de variedades. Antes de que el Chéjov de madurez llegara con La gaviota al Teatro del Arte de Moscú, el Chejonte de juventud se había despachado a gusto en teatros provincianos, casinos y cantinas (igual que esta Ruleta rusa, tan suya, tan nuestra). Y es que hay mucho de Chéjov, y de Chejonte, que liga muy bien con esa forma de teatro tan de siempre, tan itinerante, tan sufrido, tan humilde, tan directo, tan lejos de la solemnidad, en resumidas cuentas.

Sin llegar a ser una tradición, la costumbre de adaptar al escenario cuentos de Chéjov, y de Chejonte, ha llegado hasta nuestros días con una salud envidiable. Aquí mismo, desde las Manzanas para Eva de Gabriel Arout que montó en los setenta la compañía de María José Goyanes, a El buen doctor de Neil Simon del Institut del Teatre de Barcelona, a los Ojos negros de Nikita Mijalkov en el cine, a los incontables daños que hace el tabaco y a las innumerables pedidas de mano representadas prácticamente a diario, etcétera, el goteo de alter‐chéjovs, no nos es extraño, afortunadamente.

Tan sana costumbre es desde luego anterior y ajena a la manía aún reciente de hurgar en las obras de segunda de autores de primera y en las obras de primera de autores de segunda, en busca de una originalidad que nos permita desligarnos de los tiempos modernos anteriores, tan antiguos. Resistente a todo aggiornamento y reacio a toda sofisticación manipuladora, Chéjov permanece aparte y a salvo.

Entre otros hipotéticos méritos, en fin, no es en absoluto desdeñable el que comparten todas estas recopilaciones –incluso la nuestra– por el simple hecho de serlo: el de constatar que su autor, dotado de una ilimitada capacidad de comprensión, convirtió en protagonistas a una miríada de pobres personajes que hasta entonces sólo habían servido de forillo, coro y carne de fondo de bajorrelieve: a muchísimos hombres, mujeres, niños y hasta animales, con sus mezquindades y sus heroísmos, sus cobardías, sus avaricias, sus ansiedades, sus hastíos, sus enfermedades, sus ilusiones, sus ridiculeces, sus pequeñas osadías y sus grandes arrepentimientos. Y no en bloque, sino (oh genialidad) de uno en uno, como sin duda se merecían; es decir, nos merecemos.

La compañía

En 1994, una vez finalizado el ciclo de formación en la Escuela de Cristina Rota y a raíz del montaje Esperando al Zurdo de Clifford Odetts, un grupo de actores decidió aunar esfuerzos y creó el 1995 Teatro del Zurdo. Nuestro objetivo era contar historias que pudieran emocionar, hacer reír, hacer llorar… En definitiva, hablar del ser humano y de sus contradicciones.

Enfrentarse al mundo profesional es, como bien sabéis, difícil. El Parque del Retiro se convirtió durante los primeros años de andadura en un campo de entrenamiento para nuestro desarrollo artístico, descubriendo al público en su esencia más pura.

Transcurrida esta primera etapa empezamos a trabajar con directores como José Luis Gómez, Cristina Rota, Javier Yagüe, Andrés Lima, Eduardo Recabarren… con los que hemos ido aprendiendo las bases de nuestro concepto como productores y creadores.

En el año 2000, Teatro del Zurdo pasó a llamarse Producciones El Zurdo y a su núcleo inicial, formado por Luis Bermejo y Luis Crespo, se sumó entonces el autor José Ramón Fernández., de quien la compañía ha llevado a escena las obras tituladas Hoy es mi cumpleaños, Un momento dulce/La felicidad y Una historia de fantasmas.

Fecha: el Domingo 19 de diciembre de 2010

Horario: a las 18:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - c/ Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

Para más información:

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Fecha: el Domingo 19 de diciembre de 2010

Horario: a las 18:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - c/ Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

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Fecha:

del Martes 14 de diciembre de 2010 al Sábado 18 de diciembre de 2010 Horario: a las 19:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

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Fecha: el Domingo 12 de diciembre de 2010

Horario: a las 18:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - c/ Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

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Fecha:

del Martes 7 de diciembre de 2010 al Sábado 11 de diciembre de 2010 Horario: a las 19:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

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Fecha: el Domingo 5 de diciembre de 2010

Horario: a las 18:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - c/ Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

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Fecha:

del Martes 30 de noviembre de 2010 al Sábado 4 de diciembre de 2010 Horario: a las 19:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

Para más información:

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Fecha: el Domingo 28 de noviembre de 2010

Horario: a las 18:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - c/ Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

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Fecha:

del Martes 23 de noviembre de 2010 al Sábado 27 de noviembre de 2010 Horario: a las 19:00h

Lugar: Sala pequeña del Teatro María Guerrero - Tamayo y Baus, 4 (Madrid)

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