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Pasión de gangster - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

Durante los años 30 y 40, Hollywood hizo caso omiso a las biografías de un grupo de figuras populares y conocidas; los gángsters. Se trataba, evidentemente, de hombres famosos, pero no resultaba fácil alabar ni su forma de vida ni sus hazañas. Sus nombres habían pasado a formar parte de la mitología moderna: Al Capone, John Dillinger, "Baby Face" Nelson, "Machine Gun" Kelly, etc. Tres películas de gran éxito: Hampa dorada (1930), El enemigo público número uno (1931), y Scarface (1932), crearon un modelo que habría de hacerse familiar en las casi sesenta películas del género rodadas durante la primera mitad del la década. En las tres, el protagonista es, o se convierte por la fuerza de las circunstancias, en parte, de una gran organización criminal, en la que va ascendiendo, poco a poco, hasta llegar a ser el jefe de la banda. Poco antes de acabar la película encuentra el inevitable final trágico, o bien a manos de la ley o bien a manos de sus propios secuaces. Estas películas se basaban en personajes y situaciones reales, pero rara vez empleaban los auténticos nombres. Cualquier crítica contra el comportamiento de sus protagonistas era despachada en un rótulo inicial, que intentaba apaciguar las protestas de indignación moral del público americano, pero al cabo de poco tiempo se prescindió incluso de este recurso. La glorificación aparente de los gángsters terminó en 1935, con el estreno de Contra el imperio del crimen. Los estudios se plegaron a las crecientes presiones del Código Hays y, en cualquier caso, las hazañas del recién reorganizado FBI proporcionaban ya alternativas aceptables para la realización de películas que obtuviesen grandes rendimientos en taquilla.

Pasión de gangster

Introducción a nuestro especial cine de verano

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Un Dillinger recientemente llevado a la gran pantalla

Al Capone
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Al Capone

Cartel del film de Richard Wilson

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Un Dillinger recientemente llevado a la gran pantalla

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Francisco Machuca - La República Cultural

Durante los años 30 y 40, Hollywood hizo caso omiso a las biografías de un grupo de figuras populares y conocidas; los gángsters. Se trataba, evidentemente, de hombres famosos, pero no resultaba fácil alabar ni su forma de vida ni sus hazañas. Sus nombres habían pasado a formar parte de la mitología moderna: Al Capone, John Dillinger, "Baby Face" Nelson, "Machine Gun" Kelly, etc.

Tres películas de gran éxito: Hampa dorada (1930), El enemigo público número uno (1931), y Scarface (1932), crearon un modelo que habría de hacerse familiar en las casi sesenta películas del género rodadas durante la primera mitad del la década. En las tres, el protagonista es, o se convierte por la fuerza de las circunstancias, en parte, de una gran organización criminal, en la que va ascendiendo, poco a poco, hasta llegar a ser el jefe de la banda. Poco antes de acabar la película encuentra el inevitable final trágico, o bien a manos de la ley o bien a manos de sus propios secuaces. Estas películas se basaban en personajes y situaciones reales, pero rara vez empleaban los auténticos nombres. Cualquier crítica contra el comportamiento de sus protagonistas era despachada en un rótulo inicial, que intentaba apaciguar las protestas de indignación moral del público americano, pero al cabo de poco tiempo se prescindió incluso de este recurso.

La glorificación aparente de los gángsters terminó en 1935, con el estreno de Contra el imperio del crimen. Los estudios se plegaron a las crecientes presiones del Código Hays y, en cualquier caso, las hazañas del recién reorganizado FBI proporcionaban ya alternativas aceptables para la realización de películas que obtuviesen grandes rendimientos en taquilla.

Aunque las grandes figuras del mundo del gangsterismo de los años 20 habían desaparecido ya, las empresas por ellos creadas seguían funcionando. La delincuencia organizada había adoptado los métodos del mundo de los negocios, y parece ya un hecho probado que, desde mediados de los años 30 hasta comienzos de los 50, los estudios de Hollywood y las cadenas de cine que exhibían sus películas pagaban impuestos al Sindicato del crimen. Individuos tales como Bugsy Siegel se ocuparon de extorsionar a las grandes estrellas de cine y a sus agentes. No debe, por tanto, sorprendernos que las modernas grandes películas de gángsters fueron realizadas fundamentalmente por estudio pobres, como Nongran y PRC. Pero incluso éstos no abordaron el mundo del crimen organizado, sino las figuras de los jefes de pequeñas bandas independientes, Machine Gun mama, Roger Touhy, Gángster (todas de 1944) y Dillinger (1945), fueron todas películas que abordaron hechos históricos de acción y violencia. Los estudios modestos decidieron no seguir produciendo películas baratas de serie B, que imitasen las versiones de la serie A de los grandes estudios, sino crear su propio mercado, con productos igualmente baratos, pero más originales.

El nuevo ciclo de películas de gángsters comenzó en 1957, con Baby Face Nelson, de Don Siegel, y se mantuvo a lo largo de los diez años siguientes.

Escrita en sólo dos semanas, por Daniel Mainwaring, rodada en diecisiete días, la película seguía la trayectoria de Nelson hasta convertirse en "Enemigo público número uno". Tras huir de la cárcel, se enfrenta a los que le han enviado a ella, y su consiguiente participación en las actividades de la banda de John Dillinger, le lleva a una serie de atracos y masacres, que van ilustrando su creciente inestabilidad mental. Finalmente, el día de Acción de Gracias de 1934, es herido por el FBI tras traicionar a su propia banda, y su novia, Sue, le da el tiro de gracia en un cementerio. Baby Face Nelson representó, de hecho, un magnífico comienzo para este nuevo ciclo de películas de gángsters.

Al año siguiente, Machine Gun Kelly (1958), de Roger Corman, fue todavía más lejos, centrándose casi exclusivamente en la relación amorosa entre el gángster y su amiguita. Machine Gun Kelly utiliza los elementos tradicionales del cine de gángsters para crear su propio universo en el que las cuestiones morales no sólo están ausentes, sino que son consideradas como inútiles o innecesarias. A modo de contraste, la protagonista de The Bonnie Parker Story (1958), de William Witney, no está tan firmemente delineada. No obstante, el personaje de Bonnie Parker se verá vengado diez años después, gracias a la película de gángsters más conocida e influyente de la década de los 60, Bonnie y Clyde (1967), de Arthur Penn.

A finales de la década de los 50 hicieron aparición dos películas que contribuyeron a abrir nuevos caminos. Al Capone (1959), de Richard Wilson, fue la primera biografía cinematográfica de uno de los personajes míticos del mundo del crimen, cuya representación había sido anteriormente tabú. Contiene una excelente interpretación de Rod Steiger; La década terminó con una película igualmente convencional y no demasiado lograda, La ley del hampa (1960), de Budd Boetticher, que se limitaba a narrar lo que anuncia ya su título. El guión, de Joseph Landon, se concentra en la ética de los gángsters, y su relación con la política; sin embargo, pone el acento en el aburrimiento, la inseguridad y la muerte, como los rasgos más pronunciados de la vida de los delincuentes, con lo que evitó verse acusada de ensalzarles. Aunque fue la primera biografía sobre un gángster distribuida por un estudio importante (Warner Brothers), resulta paradójico que no se pareciese en nada a las primitivas películas de gángsters producidas por este estudio, y que se caracterizaban por la concisión, el ritmo y la estilización.

No está del todo claro por qué los grandes estudios se decidieron finalmente a superar la aversión a estos temas, que durante tanto tiempo fue ignorado, pero resulta indudable que se vieron influenciados por el enorme éxito de la serie televisiva Los intocables. Las aventuras semanales del agente Eliot Ness y sus continuas luchas contra los delincuentes de Chicago de los años 20 estimularon la realización de películas para la gran pantalla. Brian de Palma realizó en 1987 con enorme éxito Los intocables de Eliot Ness. F.B.I. contra el imperio del crimen (1959), dirigida por Mervyn LeRoy, como homenaje a la figura de J. Edgar Hoover. En la película, Dillinger "Baby Face" Nelson y Ma Baker efectuaron su última aparición cinematográfica durante la década de los 50, pero sólo para recibir su merecido en manos de los famosos agentes de Hoover.

Fue triste final para una década que había parecido tan prometedora. Y lo que resulta todavía más lamentable es que pasara casi otra, antes de que Hollywood decidiese tirar por la borda sus anteriores precauciones y abordar nuevamente el cine de gángster. Entonces, los dilemas sociales y morales y las incertidumbres de los 50 se convirtieron en lejanos sueños en blanco y negro, al igual que las propias películas de gángsters, viéndose reemplazadas y enterradas por nuevas pesadillas en Tecnicolor.

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